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El (ignorado) rostro de las víctimas de la Tarragona bombardeada

TGN sufrió 33 ataques en la Guerra Civil, con 144 bombardeos y 230 víctimas fatales, 350 heridos de gravedad y 607 edificios afectados por las 3.800 bombas lanzadas

| Actualizado a 04 octubre 2022 07:00
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La Guerra Civil Española representó, entre otras tantas consideraciones, el primer conflicto bélico en donde la aviación jugó un rol preponderante. Se inició, con ello, un largo y cruento tour que pasó por una serie de ciudades republicanas que fueron duramente castigadas por fuerzas extranjeras, léase, la Legión Cóndor alemana, la Aviación Legionaria italiana o por la aviación sublevada. No hay que olvidar que este nuevo e intervencionista modelo de guerra tuvo un blanco predilecto: la población civil.

Tarragona –y sus comarcas–, por si fuera poco, padeció, además, ataques desde el mar de inicios de 1937, el mismo año en que comienzan los ataques aéreos. Según algunas fuentes consultas, el primer ataque a Tarragona se habría producido el 27 de mayo de la mano de la Aviación Legionaria italiana, que tenía su base en Baleares y por parte de la alemana Legión Cóndor. Fue, como era de esperar, especialmente cruento con la población civil; un ejemplo de ello es, precisamente, el bombardeo que tuvo lugar en Flix, la noche del 23 al 24 de febrero a cargo de la legión nazi. Fueron duramente castigada la fábrica de cloratita de esta localidad, un “hospital de sangre” y, por supuesto, también su núcleo urbano.

El nefasto balance que dejó este duro y artero castigo señala que, hasta los quince días previos a la caída de Catalunya, el 15 de enero de 1939, Tarragona sufrió un total de 33 ataques, que arrojan un funesto saldo -contabilizando desde abril de 1937- de 144 bombardeos con un total de 230 víctimas fatales y 350 heridos de distinta gravedad, y 607 edificios afectados por efectos de las 3.800 bombas lanzadas.

Llama fuertemente la atención la escasa, por no decir nula, simbolización-ritualización de esta memoria, especialmente si tenemos en cuenta el total de la semiosis y monumentalidad oficial y demás referentes urbanos existentes en la ciudad. Estamos hablando del establecimiento de una memoria; de una cierta narrativa (legitimada y compartida) que, de cuenta eficientemente, de lo ocurrido y recuerde, especialmente, a esas doscientos treinta víctimas inocentes que un día murieron sin tener porqué.

En definitiva, que de cuenta del trauma, todo el sufrimiento y todas las atrocidades cometidas. Tal vez, un efecto indeseado de ello sea algunas imprecisiones y diferencias que se advierten, entre las diferentes fuentes consultadas a bote pronto. Tampoco es que se hable mucho de los bombardeos en la cotidianidad. No obstante, hemos logrado acceder a algunos testimonios los que, logrando trascender el miedo (o la vergüenza) y el olvido, señalan el bombardeo perpetrado a las 21,30 horas del lunes 19 de julio de 1937 por los aviones italianos como el primero. No obstante, es innegable que han existido y existen algunas notables, pero (siempre) insuficientes iniciativas (particulares y algunas institucionales), encargadas de romper, de algún modo, este tupido manto de desmemoria y olvido como, por ejemplo, el sitio web En recuerdo de todas las víctimas (http://www.enrecuerdode.com/), en el intento de ponerles rostro a algunas de las víctimas.

Gracias a ello, hoy, al menos, sabemos que Rosa Arnavat Ferré y Maria Roig Arnavet, de 42 y de 13 años, murieron en unos de esos bombardeos en la Rambla. O que, igualmente, el sacerdote Joan Mur Arnau, de 48 años, murió en carrer del Gasómetre; y que Maria Carmen, Consuelo y José Puerto Rovira, Fernando y Florencia Torroja Mas, de 5 y 12 años, murieron del mismo modo en el Túnel de la Pedrera, hasta donde habían concurrido a guarecerse de las bombas.

Uno de los sesenta refugios que llegó a tener la ciudad, en donde podían caber 20.000 de los 30.000 habitantes que tenía la ciudad (ver información detallada de los refugios en la web del Arxiu Municipal y el libro Tarragona sota les bombes de Lluís de Salvador). Etc.

Esta cuestión que adquiere cierta preponderancia, especialmente de cara a la escrutada y no menos resistida ley de Memoria Democrática y a cierto contexto mundial de cuestionamiento a cierta iconografía oficial en el marco del combate narratológico por el control del relato y la (re)escrituración de la historia.

Recordemos que, entre los propósitos fundamentales de esta ley, están, precisamente, el mantener vivo el recuerdo de las víctimas, como la tan anhelada búsqueda de “verdad, justicia y reparación”. Un gesto imprescindible que, como ciudad, contribuya a reforzar los no menos debilitados imaginarios (ciudadanos) democráticos recordándonos, de paso, quiénes y qué hemos sido en el pasado, de cara al futuro inmediato en vías de construcción.

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