Un año contra la Covid: del drama a la esperanza en diez claves

Más de 1.200 muertos en Tarragona, unos sanitarios exhaustos física y emocionalmente y una economía gravemente tocada. El virus cumple un año devastador que vislumbra el final de la pesadilla

| Actualizado a 14 marzo 2021 09:05
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1. Una enfermedad llena de incógnitas

Las consecuencias que provoca el SARS-CoV-2 en la salud continúan rodeadas de incógnitas. Médicos y científicos han ido avanzando en la investigación al tiempo en que luchaban contra la propia pandemia. Han sido claves algunos hallazgos, como conocer su alta capacidad de contagio y la importancia de los aerosoles en la transmisión, y también su impacto incierto en función del organismo de la persona: algunos contagiados pasaban la enfermedad de forma muy leve e incluso sin síntomas mientras que otros fallecían en cuestión de días. La edad está entre las principales amenazas (el 88% de los fallecidos en Tarragona tenían más de 70 años según las estadísticas del Departament de Salut), pero también patologías previas como la diabetes, la hipertensión o las dolencias pulmonares, así como otras enfermedades crónicas. Estos meses también han servido para dejar clara la gravedad de un virus en buena parte impredecible y capaz de generar complicaciones serias incluso a personas que estaban sanas. Un ejemplo: la mitad de los enfermos que requirieron ingreso en UCI en el Hospital Joan XXIII de Tarragona no tenían patologías previas, según un estudio elaborado con pacientes ingresados durante la primera ola. 

2. El abordaje de la Covid-19 persistente

Todavía están por ver las secuelas que deja la dolencia a largo plazo, aunque ya empiezan a conocerse algunas. En este sentido, hay médicos que hablan incluso del surgimiento de una nueva enfermedad, que es la Covid persistente, consistente en que personas que resultaron contagiadas superaron la patología y hasta generaron anticuerpos siguen padeciendo síntomas incluso ocho meses después, en ocasiones de más gravedad que cuando pasaron por la fase aguda de la infección. Se trata casi siempre de mujeres, en algunos casos sanitarias, que siguen experimentando síntomas como cansancio, dolores musculares, dificultad para respirar, cefaleas, presión en el pecho, palpitaciones, hormigueos, taquicardias o fallos de memoria. 

3. El drama humano de más de 1.000 muertes

En un año han muerto 1.231 tarraconenses por Covid-19, más de tres personas al día solo en la provincia. El impacto de esas pérdidas en la familia es uno de los dramas que deja la pandemia. Cualquier estadística de la mortalidad que se analice estremece. Cada siete horas ha muerto una persona en Tarragona por coronavirus. En 2020 hubo 8.217 fallecidos, no solo por el virus, todo un récord histórico, lo que indica un incremento de la mortalidad del 17%. En el año anterior la cifra fue de 7.022, según la estadística del INE. Especialmente crudas fueron las tres oleadas que ha habido hasta ahora, con puntas de hasta 20 decesos diarios. 

4. La inaguantable tensión sanitaria

Exhaustos física, mental y emocionalmente. Así están los sanitarios un año después de la irrupción de la pandemia. El agotamiento es absoluto a estas alturas. Los meses de pandemia han coincidido con constantes protestas y reivindicaciones, desde las reclamaciones y quejas de los médicos residentes hasta las huelgas en la atención primaria. A la saturación de los hospitales se añadió el colapso en los CAP, sobre los que cayó a partir del verano todo el peso del diagnóstico y rastreo, pendiente de la implementación de un plan de refuerzo con recursos para ayudar a paliar la situación. Tarragona acaba de dejar atrás una tercera ola especialmente virulenta, más que la primera, con saturación en las UCI. Varios estudios reflejan el impacto psicológico y las primeras estimaciones son preocupantes. Casi la mitad de los profesionales sanitarios de España, un 45%, presenta un riesgo alto de trastorno mental después de trabajar en la primera ola de la Covid y un 3,5% incluso llegan a pensar en el suicidio, más del triple de la media del resto de la población.

5. Crisis económica y turismo hundido

Se cumple también un año del abrupto hundimiento económico, especialmente grave en la provincia de Tarragona, puesto que las restricciones para contener la pandemia han afectado a sectores vitales para la demarcación. El impacto del virus en la economía tarraconense no tiene precedentes. Un informe de la URV prevé que la caída del PIB sea mayor en Tarragona que en el conjunto de Catalunya y España. 
Pero si hay un sector perjudicado en el Camp de Tarragona y las Terres de l’Ebre ha sido el turismo y, por extensión, los servicios. El sector ha dejado de ingresar 4.500 millones de euros este año, que ha dejado un reguero de índices a cual más negativo: las pernoctaciones en hoteles han bajado un 82% y en apartamentos un 70%. En la Costa Daurada, el descenso ha sido del 75%, y algo más amortiguado, de un 58%, en las Terres de l’Ebre; dinámicas, todas ellas, esperables tras un verano lleno de restricciones en el que solo el turismo local se pudo mantener a flote. Con esta Semana Santa también perdida, pero la vacuna avanzando, el sector mira al verano de 2021 con esperanza para empezar a reflotar. 

6. Urgencia social

Otra de esas consecuencias a largo plazo. Miles de parados y más de 80.000 trabajadores de la provincia sumidos en un ERTE han visto cómo su poder adquisitivo se ha desplomado, prácticamente de la noche a la mañana, lo que ha repercutido en dificultades crecientes incluso para mantener las necesidades básicas, desde pagar el alquiler a llenar la cesta de la compra. Entidades como la Creu Roja, Càritas o el Banc d’Aliments han visto cómo se ha duplicado el número de personas necesitadas que se han dirigido a ellas.

Más de 7.000 familias al completo en Tarragona se han quedado en el paro en este tiempo. El desempleo ha crecido un 28% en Tarragona. En concreto, el juvenil se ha disparado, mientras la mujer se ha erigido también en uno de los colectivos más afectados. Trabajadores de servicios domésticos, hostelería, restauración o comercios que se han quedado sin su empleo o han sido víctimas de los cierres sucesivos han tenido que recurrir a la beneficencia.

7. La nueva normalidad

Imposible entender este año sin este compendio de nuevos hábitos y costumbres. La población ha interiorizado automatismos como el distanciamiento social o el lavado intenso y frecuente de manos. Abrazos, apretones de manos, besos, saludos efusivos o contacto físico estrecho y duradero forman parte del pasado, así como las reuniones multitudinarias o las aglomeraciones. 

Echarse gel hidroalcohólico en las manos al entrar en un comercio, tomarse la temperatura antes de ir a un hospital o a un colegio o manifestaciones sin desplazamiento, manteniendo siempre la escrupulosa separación entre asistentes, son solo algunos ejemplos. Las ventanas abiertas para procurar la ventilación de los espacios, los grupos reducidos en las reuniones o los circuitos bien delimitados en edificios y establecimientos también forman parte del paisaje de medidas sanitarias de la pandemia. El saludo con el codo y a distancia o toser o estornudar en el hueco del codo son rutinas, a estas alturas, bien incorporadas en las conductas humanas. 

8. La irrupción del teletrabajo

El fomento del teletrabajo, hasta ahora una asignatura pendiente, es una de esas consecuencias positivas de la pandemia. Llevarse la oficina a casa, en aquellos casos en los que ha sido posible, ha sido una medida sanitaria más con un efecto positivo, en tanto que ha reducido la movilidad y los contactos y ha contribuido a la contención de la epidemia. 

Reuniones, conferencias o asambleas a través de plataformas como Zoom, Hangouts, Jitsi o Skype, entre muchas otras, se han convertido en habituales. A favor: el ahorro de tiempo y dinero a la hora de hacer desplazamientos y hasta un beneficio ambiental. En contra: tan pronto puede facilitar la conciliación familiar gracias a una mayor flexibilidad, como volverse un problema en el hogar por horarios excesivos o por la dificultad de separar espacios, todo un desafío para algunas familias. 

9. La adaptación de los colegios

El curso presencial 2019-20 acabó súbitamente a mediados de marzo y, a partir de ahí, se impuso la educación ‘on line’, con resultado desigual: en la universidad y la secundaria costó menos que entre edades más tempranas. El aula se adaptó a los nuevos tiempos: intentar bajar la ratio de alumnos por clase, circuitos de acceso diferenciados, más sesiones al aire libre, puertas y ventanas abiertas para la ventilación, geles, controles de temperatura, más limpieza y más tecnología con el desafío de fomentar la teleeducación cuando fuera posible. Algunos institutos optaron por distribuir la presencialidad por turnos. El balance tiene luces y sombras, con picos de contagios que han obligado a confinamientos cíclicos en hogares pero también con un esfuerzo de profesores y directores que está haciendo que el curso avance con una relativa normalidad pese a todas las adversidades. 

10. La vacuna como salvación

La comunidad científica se volcó en una carrera inédita: cerca de 200 proyectos de vacunas, varios de ellos en Catalunya, se pusieron en marcha en todo el mundo. En menos de un año, el primer antígeno contra la Covid-19 ya se estaba inoculando. El 28 de diciembre de 2020 Teresa Soria, usuaria en La Mercè, se convertía en la primera persona del Camp de Tarragona en ser vacunada; Antònia Sedó, en el centro Natzaret de Móra d’Ebre, fue la pionera en Terres de l’Ebre. Desde entonces, las fórmulas de Pfizer-BioNTech, Moderna y AstraZeneca hacen avanzar una campaña de vacunación marcada por las dificultades logísticas y la escasez de dosis. Pese a todo, los datos son incontestables: las muertes en residencias, los espacios más golpeados por el virus, han caído un 80%. Los brotes son menos violentos y los síntomas, en caso de contagio, son leves. La mejora, en base a antídotos que se revelan como seguros y eficaces, es palpable en toda la sociedad, que un año después ve muy cerca el final de la pesadilla. 

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