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La semana de los barbudos

San Pablo, San Mauro y San Antonio suelen coincidir con los días más fríos del año y en esta ocasión, además, con la moda masculina hipster y lumbersexual de no afeitarse la barba

Dice el refrán: El hombre y el oso..., seguro que su cabeza ha sido capaz de ventilarlo antes de que yo mismo pudiera teclearlo. Esta semana se conoce popularmente como la Semana de los Santos Barbudos: San Pablo Ermitaño, San Mauro y San Antonio Abad, tal vez el más conocido de todos por ser patrón de los animales y celebrarse en su honor la fiesta de los Tres Tombs, portadores todos de una poblada barba que a día de hoy causaría furor entre los hooligans de la moda. Considerada como la semana más fría del año, por mucho que el sol de estos días se esfuerce en desmentirlo, el santoral coincide, además, con el fenómeno hipster y la tendencia lumbersexual. Al parecer, el metrosexual ha pasado a mejor vida. Me doy cuenta a ritmo de escaparate durante un paseo dominical por las rebajas del que no he sabido zafarme a tiempo. Del gusto barbilampiño, la caprichosa moda ha mudado como por arte de magia a la pasión leñadora: camisas de cuadros, aspecto minuciosamente descuidado, barba sin afeitar desde hace meses, botas camperas y, en ocasiones, hasta una coleta de torero a la altura del moño. Siempre me ha apasionado la paradoja que encierra el concepto «tribu urbana». Durante el recorrido en busca de la mejor ganga me cruzo con varios calcos humanos de maniquíes. En casa investigo de modo superfluo en la Wikipedia. Resulta que el movimiento «subcultural» tiene poco de novedoso, apuesta por los cauces independientes, «regurgita» una extensa amalgama de otras corrientes y se deja por el camino sus raíces más subversivas. O sea pura fachada. La velocidad vertiginosa a la que varían los gustos manipulados de los clanes ciudadanos no se corresponde con el atasco evolutivo de nuestra especie, anclada desde hace miles de años en su estado sapiens, o tal vez sí.

Sentaron cátedra las barbas de nuestros santos, también el amor incondicional por los animales, sólo tienen que ver la que está liando el gato del Banco de España en la Rambla, pero me cuesta horrores imaginarme a un hipster en plan eremita renunciando a sus complementos retro. Lo veo más bien en una sala de cine aguantando estoico y entre bostezos esa película inacabable que se acaba de alzar triunfadora en los Globos de Oro: Boyhood, un experimento genial de resultado inaguantable. Sé muy bien de lo que hablo, yo mismo la he padecido. Por la noche, lo más interesante de la programación televisiva es la enésima reposición de Acorralado. Constato que los pantalones por dentro de las botas ya se llevaban como poco desde entonces. Apago. Releo un artículo de Quim Monzó sobre las dificultades de la vida actual: «No siempre es fácil distinguir a un hipster de un yihadista», por lo visto el presidente de un equipo de fútbol turco ha prohibido la barba a sus futbolistas para no herir sensibilidades religiosas. A mi abuela que nunca dirigió un equipo de fútbol tampoco le gustaba la barba. Me viene a la cabeza un refrán suyo: Cuando las barbas de tu vecino veas cortar... Lo bueno de no ir nunca a la moda es que periódicamente te encuentras con ella.

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