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'28 años después: El templo de los huesos', o cómo seguir vivos puede ser la peor idea

Nueva entrega. La saga abandona definitivamente a los infectados para enfrentarse al verdadero horror: una humanidad que ha aprendido a convivir con la barbarie

Ralph Fiennes es el protagonista de esta nueva entrega, que profundiza en su crítica socialSony Pictures

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Pensábamos que el apocalipsis había llegado a su fin, pero resulta que el fin del mundo también sabe reinventarse (y vender entradas). 28 años después: El templo de los huesos aterriza en los cines para recordarnos que la saga sigue en forma… o al menos más viva que la mayoría de sus personajes. Esta secuela llega con un mensaje incómodo: los zombies ya no son el problema; lo son los humanos que se han adaptado demasiado bien al desastre. Qué sorpresa, ¿eh? El verdadero monstruo éramos nosotros, otra vez.

Ralph Fiennes, que ya domina el arte de mirar al vacío con la intensidad justa, vuelve como el doctor Ian Kelson, un médico obstinado en salvar la humanidad —esa especie en peligro… y quizás también un poco sobrevalorada—. Aquí el tema es la confianza, lo cual resulta casi ciencia ficción en este universo. ¿Puede Kelson fiarse de un zombie alfa llamado Samson? ¿O de cualquier otro ser que respire (o casi)? Espóiler: no.

Por su parte, Jack O'Connell encarna a Jimmy Crystal, líder de un culto digno de un anuncio de perfume postapocalíptico: violencia, miedo y manipulación como estilo de vida. En su grupo no hay espacio para la lealtad; sólo para las puñaladas (metafóricas y, claro, literales). La película no deja dudas: la barbarie no es un accidente, es una institución con reglamento y horario de visitas.

Bajo la dirección de Nia DaCosta, y con guion de un Alex Garland tan quirúrgico como deprimente, la saga se mira al espejo y descubre lo que todos sospechábamos: lo peor de sobrevivir al fin del mundo es que hay que seguir viviendo. Aquí la violencia no explota, se filtra; el miedo no llega de los infectados, sino de lo bien que nos hemos acostumbrado a lo inaceptable. Después de la pandemia real, este universo ya no parece distopía, sino documental.

Y ese 'Templo de los huesos' del título no es solo una construcción inquietante de cráneos (aunque ayuda con la estética): es la metáfora perfecta de una saga que sigue viva gracias a la muerte. Con humor negro y mal rollo en igual medida, 28 años después: El templo de los huesos deja atrás el susto fácil para instalarse en el terreno más espinoso: el de la humanidad que sobrevive por inercia.

Los infectados ya no corren. Te observan. Y si eso no te da miedo, quizás mereces unirte a ellos.

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