Entrevista
Junyi Sun, actor: «El racismo me ganó la batalla»
Valenciano, criado en Tarragona, el también bailarín y coreógrafo es el protagonista de 'Lóngquán: El manantial del dragón', del cineasta tarraconense Adrià Guxens
El actor Junyi Sun.
Valenciano de nacimiento, pero criado en Tarragona, Junyi Sun es bailarín, coreógrafo y actor. Es el protagonista de Lóngquán: El manantial del dragón, ópera prima del cineasta tarraconense Adrià Guxens que se filma en China, con algunas pocas escenas en Barcelona. Se trata de una película inspirada en su vida en la que un joven regresa a China al enfermar su abuela, enfrentándose a su pasado, a sus raíces culturales y a una identidad confusa en un viaje que mezcla ficción y documental.
Ha trabajado con el director Adrià Guxens en diferentes proyectos.
Sí, en Un soroll llunyà. En ella el protagonista conectará con sus raíces a partir de su trabajo como arrocero en el Delta de l’Ebre.
¿Se puede decir que es una previa de ‘Lóngquán’, la ópera prima de ambos?
Sí, podríamos entenderlo así, aunque Lóngquán es otro formato, es un trabajo que llevamos años investigando. No solo habla de identidad, sino también de cómo los prejuicios están en todas las partes del mundo. A mí, por ejemplo, en China me consideran español y aquí, chino, lo que ha provocado en mi identidad que nunca haya podido sentirme en casa en ningún sitio. Pero al mismo tiempo, he podido reconvertir o canalizar ese sentimiento en riqueza, no en un motivo para sentirme inferior.
¿Sentirse inferior?
Porque sientes que no formas parte. Quizás por la forma de pensar o esa dificultad para comunicarte porque al principio me costaban más los idiomas. Hubo una cierta resistencia o muros al querer aprender chino u otros idiomas. No era fácil porque para mí no era solo castellano o catalán, todo se fue complicando.
¿Cómo se siente en relación al lenguaje? Es decir, no poder hablar la lengua de su familia.
Una de las frases que me vino a la cabeza el año pasado, cuando estaba en la primera parte del rodaje en China fue «qué tristeza que me haya ganado la batalla el racismo» porque fue lo que en España me generó ese conflicto con mi identidad. El hecho de ser un niño y querer pertenecer a un grupo hizo que me distanciara de esa parte de mis padres, de la cultura, del idioma. Y la verdad es que sí que hay una tristeza muy grande. Mis padres siempre me insistían en que no me cerrara las puertas porque me iba a dar más oportunidades. El racismo me ganó la batalla, pero hace ya unos años empecé a investigar.
¿Ha sacado algo en claro?
He leído sobre antirracismo, he asistido a charlas y las he ofrecido en relación a la concienciación sobre este tema. También a través de la obra Am I Bruce Lee, con Kernel Dance Theatre, la compañía de danza que tengo desde hace unos 13 años. Es un trabajo de investigación sobre la figura de Bruce Lee. En la obra expongo cómo vivió él el racismo en los años 70 en Estados Unidos y lo pongo de ejemplo. Aunque al cabo de los años intentas ser más compasivo contigo mismo, te ayuda a tener más perspectivas. Pero, sobre todo, cuando eres pequeño no entiendes por qué te insultan, el sentido peyorativo de que te digan chinito o por qué lo dicen. Eso reverbera en tu vida adulta y es cuando tienes que transformarlo y revertir esa situación.
En alguna ocasión ha comentado que faltaban referentes asiáticos en el cine.
Exacto. Hace poco lo hablábamos con Guxens. ¿Cuántas veces has visto a un hombre asiático emocionarse? Ya no digo en una película extranjera, sino en una nacional en la que haya un protagonista asiático o una persona racializada y que se pueda emocionar. Espero que Lóngquán sea un primer paso para poder abrir puertas, aunque otros compañeros están trabajando también en otras producciones.
‘Lóngquán’ está inspirada en su vida. ¿Cómo vivió su viaje a China?
Es volver a esas raíces, abrir la puerta y acompañar al protagonista a ver qué le sucede, cómo revive viejas heridas. Ocurre también que no solo está presente el racismo que vivió de pequeño, sino también un viaje que hizo de niño a China y lo que sucedió entonces. El primer obstáculo es el cultural y el segundo, el lingüístico. Porque aprendí chino con mi madre durante cinco años, de los 7 a los 12. Y no seguí con las clases porque entonces empecé con el inglés y a mezclarse todo. Allí me dicen «pero tú no eres chino». Y esto me ha generado algunas miradas como cuando fui a la Ciudad Prohibida, me dirigí al mostrador y pedí una audioguía en castellano o cuando di la dirección a un taxista y me preguntó, «¿pero sabes hablar chino o no?». Aquí, por el contrario, me preguntan «¿cuánto tiempo llevas aquí?, ¿de dónde eres realmente?», y me hablan en castellano. Esa siempre es la dinámica y en el espectáculo lo utilizo porque además a esto se añade la cuestión de «¿tus padres tienen un restaurante o un bazar?».
Cambiar del catalán al castellano pasa mucho.
Es el prejuicio. Me ven con esta cara... A veces me han llegado a hablar más lento y más fuerte. Ese es mi día a día. Como bailarín, en el nicho de la danza contemporánea siento que se me conoce más o al menos mi nombre suena más. Pero como actor... Las últimas series o películas que he hecho han sido de bazares. Incluso me he encontrado ciertos guiones que me han generado mucha resistencia porque ¿Cómo le dices al director que el guion que ha escrito está lleno de racismo? ¿Hasta qué punto podemos expresar en nuestra profesión lo que realmente pensamos? Entonces, en el mundo audiovisual tiene un impacto que necesitamos reflejarlo, ver a personajes asiáticos que hablen perfectamente el idioma.
Les han tratado muy bien en China durante el rodaje ¿verdad?
Sí porque hay algo muy hospitalario que, al mismo tiempo, es uno de los choques culturales. Por ejemplo, entre los hombres, sobre todo. Porque en algunos sentidos y especialmente en los pueblos, se nota esa cosa del Hombre todavía. De entrada, lo primero que se hace al conocer a otra persona es intercambiar tabaco.
¿Y si no fumas?
No importa. Te lo quedas. Y también se produce el hecho de no aceptar el regalo de primeras. Las sobremesas, en las que se toma el té, son diferentes. Se genera mucha conversación con los amigos, con la familia, de negocios... Podría poner muchísimos ejemplos.
Puede seguir.
Lo que comentábamos antes de la hospitalidad y de la bienvenida. De repente, cuando llegamos al país, salían contactos por doquier. La historia de Lóngquán, de volver, conectaba mucho con la gente local y generaba esa red de contactos por doquier, de querer ayudarnos. Pero también es un pacto. Es decir, allí se entiende mucho más que aquí el hecho de que si yo te ayudo, esto tiene que tener una contrapartida. Creo que es interesante observar esa cultura del retorno. Los abuelos y los padres tienen esa cultura familiar de ofrecer seguridad, ofrecer paz, todo a raíz de la época de pobreza que hubo. Una casa, una familia, un lugar donde comer... y los hijos tienen que cuidar a los padres y a los abuelos.
Aquí eso está desapareciendo, de algún modo. Son otros ritmos, otras formas de vida.
Está desapareciendo poco a poco porque estamos avanzando hacia esa conciencia más individualista, que no tiene por qué ser concretamente algo malo. Esa búsqueda de la identidad, que me gusta, de qué es la libertad, la felicidad... Pero allí hay una sociedad y una cultura del grupo, de que las cosas se hacen por la familia. Son culturas. Y poder aprender de ambas es importante porque ni tengo que irme al extremo de la individualista y olvidarme del grupo ni al extremo de estar tanto tiempo con el grupo hasta el punto de que me olvide de mí mismo y desaparecer. Ese equilibrio es riqueza. Puedo aprender de las dos, cómo destilar y generar una identidad en la que pueda haber un equilibrio y estar en paz con ambas partes.
¿Qué destacaría de todo el proyecto?
El lujo, pero también la dificultad de trabajar con la familia en este documental ficción. Con toda la familia, con esa abuela que no veo desde hace 30 años... Esto provoca una reacción. Hay mucha carga emocional. Y es una de las cosas que hacen que Lóngquán sea especial.