Encuentros
'28 años después: el templo de los huesos', de la directora Nia Da Costa
La cineasta ya había mostrado su capacidad de dar rienda suelta al terror a la vez que imbricarlo en un discurso político
La película “28 años después: el templo de los huesos” está dirigida por Nia Da Costa.
Hace apenas un año, el guionista Alex Garland y el director Danny Boyle resucitaban el universo de “28 días después”, aquella película británica de terror de tono realista y pulso agitado. “28 años después” retrataba el mundo tres décadas después que aquel virus de la rabia se hubiese extendido entre los humanos, convirtiéndoles en algo así como zombis: lo que encontrábamos en aquella cinta era una Inglaterra confinada. Algo tosca en su puesta en escena –Boyle siempre fue un cineasta propenso al efectismo–, “28 años después” encontraba sus ideas más estimulantes en el guion de Garland: su trama propone una metáfora del Brexit, que se reflejaba en una población aislada del resto del mundo; su estructura espoleaba la construcción serial, jugando con la presentación, ausencia y reaparición de los personajes, y dejando la pelota botando al final de la película, para que pudiera ser recogida en la siguiente entrega.
Y así ha sido. “28 años después: el templo de los huesos” retoma donde se quedaba su predecesora, y se construye eminentemente alrededor del personaje más interesante de aquella película, el doctor místico interpretado por Ralph Fiennes, portador no del virus de la rabia, sino del de la humanidad. “28 años después: el templo de los huesos” está dirigida por Nia Da Costa, cineasta que ya había mostrado su capacidad de dar rienda suelta al terror a la vez que imbricarlo en un discurso político: es una mejora sustancial respecto a Boyle. El guion vuelve a correr a cargo de Garland, que incide en lo serial, en la fábula política y en el humanismo. La serialidad nunca fue exclusiva de la televisión, y Garland parece empeñado en demostrarlo jugando, sobre todo, con la presencia de personajes que van y vienen, y que entrelazan las distintas entregas. El trasfondo político ya no es una nota a pie de página, sino una reflexión en profundidad sobre nuestros tiempos: de hecho, el personaje de Fiennes define su época a partir de la falta de un orden. El caos se apodera del momento, y de ahí surgen grupos como el liderado por Jimmy Crystal, cuyas mentiras manipuladoras parecen corresponderse con la de ciertos movimientos de extremaderecha. En este contexto, la figura del doctor interpretado por Fiennes cobra un sentido especial: entre tanto ruido, este empieza a confraternizar con un zombi al que ayuda a apaciguar su malestar mediante la droga (en esto, hay algo también de retrato de nuestra época). Es ahí, en la relación entre hombre y zombi, en el empecinamiento del médico en revivir la conciencia del infectado mediante la palabra, que la película halla su belleza.