Día del libro

| Actualizado a 23 abril 2022 07:53
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Era raro que el 23 de abril lo pasara en la ciudad. Sus padres solían aprovechar la fiesta para ir a pasar el día al campo, ir en bici hasta los Galachos o hacer una excursión al Pirineo. Natalia se acordaba de una vez en que su madre la llevó a la plaza donde dos caballos de bronce guardaban la puerta de una casa enorme, dentro de esa casa había un patio y en ese patio una escultura rarísima que Natalia miraba torciendo la cabeza intentando entender qué era lo que veía en realidad. Su madre le decía que era una escultura famosa, El profeta. Natalia no sabía lo que era profeta y puede que tampoco tuviera muy claro qué era una escultura. Esa vez en la plaza hubo música y un espectáculo para niños y Natalia a veces piensa que fue ayer y otras hace mucho, cuando aún era pequeña, como de cinco años. Estaba a punto de cumplir ocho. 

Este año era distinto: su madre tenía que trabajar y dejaba solos a Natalia y a su padre, que estaba un poco nervioso. Natalia sabía que su padre estaba nervioso porque iba hablando solo por la casa. Decía: “llevo un boli, agua para Natalia, sí…” Se preguntó si lo tenía todo con él, se palpó los bolsillos y dijo que podían irse ya. Natalia había entendido que iba a acompañar a su padre a la firma, pero no tenía muy claro qué era eso. Esa mañana por el paseo de los soportales no pasaban coches ni autobuses, y en las aceras había mesas con libros. Se acuerda de ese día muchos años después, leyendo un libro que ha comprado aprovechando el descuento del día de libro de este año, Niños de domingo, una novela de Ingmar Bergman. 

Natalia se acercó a una de las mesas y miró los libros. Su padre era escritor, así que eso sí sabía qué era. El puesto de la librería donde iban a pasar toda la mañana estaba al sol, así que su padre se puso las gafas de sol y sacó un bote de protección solar muy pequeño de un bolsillo, a Natalia le pareció el truco de un mago. Le puso crema en la cara a Natalia y luego le pidió que le pusiera a él, sobre todo en la nariz, le dijo. 


Había muchas pilas de libros ahí, Natalia se paseó hasta dar con el de su padre. Leyó el título, el nombre y el apellido, que era el mismo que el de ella, claro. Le pareció que el libro de su padre era el más chulo de todo el puesto. Su padre no era el único escritor que firmaba. Lola de Pablo, escritora e ilustradora, pelo rizadísimo, labios rojísimos, anillos en todos los dedos, llevaba un rotulador en la mano. Los padres de Natalia le habían leído una y otra vez Los cinco primos pelirrojos de Mimi Minimor, de Lola de Pablo. Natalia aún se lo sabía de memoria.

–Este es el último que he escrito, mira, se llama Mil hormigas dormidas, ¿a que te gustan los insectos? 

Natalia sonrió mientras Lola de Pablo, escritora e ilustradora, pelo rizadísimo, labios rojísimos, anillos en todos los dedos, escribía: “Para mi amiga Natalia” con tinta verde en la primera hoja del libro. Luego hizo un dibujo y le dio el libro a Natalia, que dijo gracias y se pegó aún más a las piernas de su padre. La mañana pasaba despacio. Natalia había leído varias veces el libro de las hormigas. Y ahora estaba debajo de la mesa con libros, resguardada del sol de mediodía. La librera le dio un libro que no tenía dibujos. Era un libro libro, como Superzorro y El secreto de Lena, que leía antes de dormirse. En el primer capítulo, un fotógrafo acude al colegio del protagonista, que también es el que lo cuenta, para hacer un retrato de grupo. Acababa perdiendo la paciencia porque los niños son unos gamberros. Todos tienen nombres rarísimos, como Godofredo o Alcestes. 

Natalia se reía a carcajadas. Seguía escondida debajo de la mesa, junto a las piernas de su padre, que se movían a cada rato: las cruzaba, las descruzaba, se levantaba. Natalia no lo perdía de vista. Escuchaba a ratos las conversaciones de la gente que pasaba, los que se paraban, los que se llevaban el libro de su padre. De vez en cuando, si pasaba un familiar o un conocido, su padre le hacía a Natalia ponerse de pie y saludar. Le decían que estaba muy alta, qué pelo tan largo, dónde se ha quedado la mamá, ¿te aburres?, ¿te gusta leer?, claro, has salido a tu padre, quieres que os traiga algo. Natalia sabía que no hacía falta que respondiera, solo que sonriera un poco y asintiera. Enseguida podría volver a su escondite. El pequeño Nicolás le esperaba. Miró la cámara de fotos que aparecía en el primer capítulo, porque era un libro libro pero tenía algunos dibujos. Era de esas antiguas, de las que había que ponerse una tela negra en la cabeza: para hacer la foto el fotógrafo tenía que esconderse. Se perdió un rato en sus propios pensamientos. 

Natalia no se acuerda de dónde fueron a comer, tampoco de qué más pasó ese día. Solo se acuerda de que volviendo a casa, de la mano de su padre, se sentía invencible, como si tuviera superpoderes. Acompañó a su padre otras veces, pero nunca más fue la primera vez. Cada vez que abre un libro y empieza a leer, hasta cuando lee libros que sabe que a su padre no le gustan, piensa en su padre. Es un gesto, como si aún pudiera esconderse en sus piernas. Es una manera de hablar con su padre sin tener que decir nada.  

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