Encuentros
El equilibrio del que llega: asimilarse sin perder identidad
Las novelas de Oceang Vuong y Polina Panassenko abordan la experiencia del cambio de país, y de lengua, desde diferentes enfoques y tonos
Ocean Vuong, autor de ‘El emperador de Alegría’.
Cambiar de país, en muchos casos, es cambiar de lengua. Nabokov, Kundera o Agota Kristoff cambiaron de lengua de escritura después de haber cambiado de país y de lengua de vida cotidiana, otros escritores, Samuel Beckett o Jhumpa Lahiri, cambiaron de lengua de escritura por razones literarias. En Lengua viva (Nórdica, traducción de Íñigo Jáuregui), Polina Panassenko (Moscú, 1989) explora la relación entre las dos lenguas, la materna y la de llegada; en su caso, el ruso y el francés. Lengua viva es el debut de Panassenko, que es también traductora y actriz. Polina/Pauline quiere recuperar su nombre ruso al que renunció, sin saberlo, oficialmente para adoptar de manera exclusiva la versión francesa del suyo. Hubo un malentendido del lenguaje administrativo –el nivel más elevado de una lengua, ese registro de la lengua que se les escapa incluso a los hablantes nativos– que propició el cambio. Mientras cuenta el proceso de recuperación, la protagonista y narradora hace memoria: infancia en Rusia, el traslado a Francia, los veranos en la dacha de los abuelos maternos, los roces entre las dos lenguas, los malentendidos, los juegos de sonoridad y significado que ofrecen (como “ça va” suena igual que “búho” en ruso, la niña cree que dice “hola, búho” cuando saluda), y la vida que avanza: enfermedades, muertes, el tiempo que empuja, de la guardería al colegio, luego instituto, universidad, mundo. El título en el francés original, “tenir sa langue”, contiene un doble sentido: por un lado, puede traducirse como morderse la lengua y, por otro, en sentido literal quiere decir “mantener la lengua propia”. Podríamos hacer ahora una pregunta: ¿cuál es la lengua propia? ¿El ruso o el francés? La niña Polina se esfuerza en que no se le note que es de fuera, para eso ha de disimular su acento y entonces, más o menos, se da cuenta de que su lengua materna tal vez sea esa mezcla de ruso y francés, o de francés hablado con acento. En cualquier caso, ninguna lengua pura –creo que es lo que quiere transmitir el título en el español, que la lengua viva se contamina.
La niña Polina se esfuerza en que no se le note que es de fuera, para eso ha de disimular su acento ruso al hablar francés
El emperador de Alegría (Anagrama, traducción de Daniel Saldaña París), segunda novela del también poeta Ocean Vuong (Ciudad de Ho Chi Minh, 1988), es una novela de salvación: Hai, el protagonista, un joven de veinte años, refugiado vietnamita en EEUU, intenta suicidarse al comienzo del libro. Le rescata Grazina, una anciana que lo ve desde su casa; ella es a su vez refugiada, en su caso, lituana y lleva toda la vida en EEUU. Su marido murió; de su hija, hace tiempo que no tiene noticias; su hijo está interesado sobre todo en que ella acceda a vender la casa y ella misma padece algún tipo de demencia que se manifiesta en episodios de desconexión con el presente y alucinaciones. Grazina decide llamar a Hai Labas, que es hola en lituano. El emperador de Alegría ofrece sus mejores momentos en la relación entre la anciana y el joven; y cuando aparece Hai con una especie de cuadrilla-(tomada-por)basura, sus compañeros en la franquicia de comida presuntamente casera en la que trabaja. Lo que realmente teme Hai es que su madre, a quien miente y le hace creer que está estudiando medicina en Boston, tenga razón: que no tengan derecho a segundas oportunidades por su condición, en este caso, de refugiados. Sobre las expectativas que los inmigrantes proyectan en la siguiente generación, Hai le reprocha a su madre: “Todas vosotras en el salón de uñas nos decís a los hijos que salgamos y tengamos ‘éxito’, como si fuera un truco de magia cualquiera”.
El protagonista de la novela de Vuong teme que su madre tenga razón y no tengan derecho a segundas oportunidades por su condición, en este caso, de refugiados
La protagonista de Lengua viva no es una refugiada, parece que salen de Rusia por cuestiones laborales del padre, pero comparte con Hai la batalla que se da en su interior entre su lengua y cultura de origen frente a las del lugar que les acoge. Hai es evidentemente extranjero, sus rasgos asiáticos le delatan; en el caso de Polina, explica: “Al principio, pensaba que hablar francés sin acento quería decir hablar sin que supieran que soy rusa. Sin que pudieran preguntarme de dónde soy y lo que me trajo aquí”. En los dos libros, ese conflicto interno se evidencia en la relación con la madre: la de Polina está preocupada porque la niña pierda el ruso; la de Hai siente que no termina de hablar el mismo idioma que su hijo, que es, a efectos culturales, estadounidense. En la novela de Vuong, además, el personaje de Grazina ofrece una ampliación de esa experiencia desde otro lugar, Lituania, y otro tiempo, mediados del siglo XX. Con diferentes enfoques, densidades y tonos distintos, Lengua viva y El emperador de Alegría pueden leerse como libros sobre la experiencia de la asimilación y los conflictos internos que genera.
Lecturas
El emperador de Alegría
Ocean Vuong
Editorial Anagrama, 2025
Lengua viva
Polina Panassenko
Nórdica Libros, 2025