Literatura
Eduardo Mendoza, el escritor prodigioso
El barcelonés, ganador del Princesa de Asturias 2025, es un clásico contemporáneo que ha retratado al ser humano en su absurdo, ternura y fragilidad, en una Barcelona siempre protagonista, siempre cambiante y contradictoria
El escritor Eduardo Mendoza, Premio Princesa de Asturias de las Letras, durante la ceremonia de entrega de los galardones.
Locos lúcidos, detectives sin nombre, alienígenas despistados... Los personajes de Eduardo Mendoza se mueven por mundos donde la cordura es una rareza, y donde el humor se convierte en la única herramienta posible para comprender la realidad. Ese humor, tan suyo, que no busca la carcajada fácil, sino que sirve para desarmar la solemnidad y revelar lo esencial. En sus páginas se dibuja, una y otra vez, una Barcelona cambiante, viva, contradictoria: escenario y personaje a la vez, espacio de ambición, miseria y esperanza. Pero más allá de la ciudad, lo que distingue a Mendoza es su capacidad para retratar al ser humano en su absurdo, su ternura y su fragilidad.
Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) es una de las voces más singulares y queridas de la narrativa española, una trayectoria distinguida con el Premio Princesa de Asturias de las Letras, reconocimiento a toda una vida dedicada a la literatura.
Mendoza recibió el galardón con la ironía que definen tanto su pluma como su personalidad pública. Como cuando en respuesta a los periodistas aseguró: «yo ya estoy un poco en tiempo de descuento y casi, casi, en los penaltis. Espero llegar al final del partido».
Licenciado en Derecho por la Universidad de Barcelona, Mendoza trabajó durante casi una década como traductor para la ONU en Nueva York, experiencia que, como él mismo ha reconocido, le permitió observar la realidad con distancia y perspectiva. De ese aprendizaje nacen muchas de las virtudes de su escritura: la precisión del lenguaje, el oído atento a las voces cotidianas y ese ingenio como forma de conocimiento. En 1975 debutó con La verdad sobre el caso Savolta, una novela que renovó la narrativa de la Transición al mezclar intriga, crónica social e historia. A partir de ahí, su literatura ha sido una constante exploración de los límites del relato, un juego entre la seriedad y la farsa que se despliega con igual maestría en títulos como El misterio de la cripta embrujada, La ciudad de los prodigios o Sin noticias de Gurb.
Su estilo es inconfundible: una prosa que combina registros coloquiales y cultos, ligereza y hondura. En sus novelas conviven la parodia del folletín y la precisión histórica, la sátira política y la ternura hacia sus criaturas más perdidas. Quizá por eso ha sabido conectar con lectores de todas las generaciones. Mendoza entiende la literatura como un espacio de juego y libertad, pero también como una forma de resistencia ante la rigidez del mundo.
Aunque con Barcelona como epicentro, la historia de España atraviesa buena parte de su obra, que incluye volúmenes tan distintos como El año del diluvio, Una comedia ligera o Riña de gatos. Madrid 1936.
Doble virtud
El jurado del Premio Princesa de Asturias de las Letras 2025 subrayó precisamente esa doble virtud: su capacidad para renovar el idioma desde la ironía y para ofrecer, en cada libro, una mirada brillante y compasiva sobre la condición humana.
En palabras del acta, su prosa «engloba tanto el lenguaje popular como los cultismos más inesperados» y se ha convertido en «un proveedor de felicidad para los lectores». El autor, emocionado, agradeció el reconocimiento con la sencillez que lo caracteriza: «Soy un hombre feliz», dijo. Aseguró que es el mejor elogio que ha recibido en su vida y que le gustaría que «fuera cierto, aunque sea en dosis homeopáticas», comentó el también Premio Cervantes (2016).
Durante la semana que recibió el Premio Princesa de Asturias, Mendoza dejó algunas perlas para la historia, como sus novelas. Entre ellas, defendió que «hay gente que no lee y es estupenda y muy inteligente y gente que lee y es idiota y mala persona. Sin embargo, «la lectura es una forma de conocimiento complementaria». Sentencia que, inevitablemente, retrotrae a la polémica que rodeó a la influencer María Pombo tras declarar en septiembre pasado que «no sois mejores porque os guste leer, hay que superarlo».
La verdad sobre el caso Savolta, en 1975, fue su celebrado debut. Una novela policíaca en la Ciudad Condal de los años 1917-1919, escenario de choques violentos entre obreros y patronos, al abrigo de la Primera Guerra Mundial. Barcelona, verdadera protagonista de la obra, se presenta como un conglomerado de fiestas, de bombas y flores, asesinatos y amoríos, locura y aceptación. De la novela recuerda Mendoza que recibió su primera crítica, en forma de informe elaborado por un censor. «Fue la mejor», dijo. «Porque reflejaba que era un novelón estúpido y confuso, escrito sin pies ni cabeza». Lo típico de las novelas pésimamente escritas por escritores que no saben escribir, rezaba aquel primer informe de la censura sobre un libro que todavía inspira a nuevos autores, como es el caso de Jorge Díaz y su novela El espía. Y que aún despierta el interés de los jóvenes lectores, cuando se cumplen cincuenta años de su publicación.
Ahora, veinte años después de que el extraterrestre Gurb se perdiera en la caótica Barcelona preolímpica y tomara el aspecto de Marta Sánchez, toda una celebridad en aquel momento, Seix Barral –su editorial de cabecera– acaba de publicar una edición especial conmemorativa presentada en un estuche, con ilustraciones de José David Morales.
Eduardo Mendoza es, en definitiva, un clásico contemporáneo con muchas ideas con las que, aún, sorprender.