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Armand Bogaarts

Emprendedor

La economía de la IA: ¿qué está en juego realmente?

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La inteligencia artificial suele presentarse como una carrera para construir el chatbot más inteligente. Ese enfoque es engañoso —y estratégicamente peligroso—. La IA no es una tecnología ni un producto aislado. Es un sistema económico, construido sobre una pila de cinco capas que empieza muy por debajo del software y se adentra profundamente en la energía, la industria y la geopolítica. Quien controle esas capas marcará la productividad, el poder y la prosperidad de las próximas décadas.

La IA no es una tecnología ni
un producto aislado. Es un
sistema económico,
construido sobre una pila de cinco capas

En la base se encuentra la electricidad. La IA funciona con energía. Los centros de datos ya consumen alrededor de 415 teravatios hora al año, cerca del 1,5% del consumo eléctrico mundial. Según la Agencia Internacional de la Energía, esta cifra podría más que duplicarse de aquí a 2030, impulsada en gran medida por instalaciones optimizadas para IA. La disponibilidad de energía, la estabilidad de la red y la rapidez en los permisos se están convirtiendo en factores limitantes reales.

Por encima están las máquinas: los chips y los equipos necesarios para fabricarlos. Se espera que el mercado mundial de semiconductores supere los 700.000 millones de dólares en 2025, siendo los aceleradores de IA el segmento de mayor crecimiento. Una cifra ilustra bien la concentración del valor: NVIDIA generó más de 130.000 millones de dólares en ingresos en 2024, en gran parte gracias a chips para centros de datos de IA. Europa es fuerte en equipamiento para la fabricación de chips, pero débil en producción avanzada.

La tercera capa es la infraestructura denominada “la nube»: centros de datos, fibra y redes de telecomunicaciones. Aquí es donde el gasto de capital se dispara. La consultoría Gartner estima que el gasto mundial en esa infraestructura superará los 700.000 millones de dólares en 2025, mientras que McKinsey proyecta más de 6 billones de dólares en inversión en centros de datos hasta 2030, gran parte de ella vinculada a la IA. Esta capa determina dónde se almacenan los datos, dónde se procesan y bajo qué marco legal.

Sólo entonces llegamos a la capa que domina los titulares: los modelos de IA. Estratégicamente cruciales, pero económicamente más pequeños de lo que se suele pensar. Gartner estima que en 2025 el gasto en los modelos de IA en sí rondará los 14.000 millones de dólares. Su importancia no está en el volumen de inversión, sino en el control: los modelos fijan estándares, generan dependencia y capturan los bucles de retroalimentación de datos.

En la parte superior se sitúan las aplicaciones de IA: las herramientas visibles que automatizan tareas y transforman sectores. Es la capa que cobra el cliente final y que paga por el uso de las capas inferiores. Su valor depende por completo de quién controla las capas inferiores.

Para Europa, lo que está en juego es claro. Si no aseguramos capacidad energética, infraestructura de cómputo, una nube soberana y al menos una capa creíble de modelos, Europa seguirá siendo cliente, no creadora, de la economía de la IA. Pagaremos rentas recurrentes por computación, modelos y plataformas, mientras nuestros datos fortalecen sistemas controlados desde fuera.

La economía de la IA es enorme. Pero la pregunta clave no es quién construye el mejor «chatbot». Es quién posee la infraestructura crítica y la propiedad intelectual en cada capa —y quién captura los retornos estratégicos y económicos a largo plazo.