Las fronteras que separan o unen
Los países más pequeños deben cuidar de lo doméstico, de las tradiciones, de la cultura, los idiomas o el orgullo de la historia
Xavier Oliver, profesor del IESE Business School.
Escribo este artículo desde Atenas, donde he venido a dar clases a los alumnos de la Escuela de Negocios de la Universidad de esta ciudad tan ilustre. Y mi reflexión empieza al encontrarla mucho más desmejorada que la última vez que vine -antes del COVID evidentemente-.
Un poco más de dos horas de vuelo y nos hallamos ante una realidad que nada tiene que ver con la nuestra: las aceras están rotas casi en su totalidad, las paredes de muchísimas calles repletas de grafiti, numerosísimas tiendas abandonadas en estado lamentable, muchos motoristas siguen sin llevar casco, la polución es muy alta porque las emisiones de los vehículos muchos decrépitos nada tiene que ver con la de nuestras ciudades. La ciudad se cae poco a poco.
Ayer cené en un restaurante tradicional griego llamado Atitanos del que nunca olvidaré las berenjenas con tomate, una delicia extraordinariamente simple, tampoco olvidaré el vino: Damascenos 2016 de la variedad Xinomavro y de la región de Naoussa. Les encantarían ambas cosas por la sutileza de los aromas y sabores y porque están hechos a paso griego que todavía es de chup chup como las abuelas o bisabuelas…
Las dos caras de una misma moneda. Si por un lado el poder político y la economía no parecen tener los recursos o la voluntad de invertir en tener una ciudad resplandeciente, ni motivan a sus ciudadanos a limpiarla, la impresión es terrible. Por el otro lado , todo lo que es próximo como las conversaciones, los amigos, los alumnos, la comida, y los vinos, son una maravilla que nos llena el alma de impactos extraordinarios.
¿Podría ser que la labor del sector político no haya llegado a madurar como para poner un país con una increíble historia y tradición en un lugar privilegiado en nuestras mentes? La Unión Europea ha hecho grandes esfuerzos en mejorar la capital de ese país, pero los resultados no son aparentes.
El tren al aeropuerto, construido para los Juegos Olímpicos del 2004, por ejemplo, va deteriorándose poco a poco: la señalética interior ya no funciona, la pintura está descolorida, las tapicerías sucias y manchadas y padece envejecimiento prematuro.
Es sorprende que una capital de la Unión Europea esté en esa situación de degradación publica tan evidente. Y, en cambio, quizás sea la ciudad que más les recomendaría viajar cuando puedan porque es auténtica y vital como otras que tanto gustan a los turistas: Marraquech, Estambul, Sao Paulo, Jerusalén y tantas otras donde por tradición siguen transportando las mercancías a los mercados en pollinos, motocarros, bicicletas o a hombros…
Las fronteras parecen murallas alzadas por la mano del hombre, que retienen el flujo del conocimiento, de dinero y de la evolución urbanística y desarrollo urbano. Seguro que el idioma tiene mucho que ver en ello: la identidad por excelencia. Sorprende que muy poca gente por aquí hablen algún idioma extranjero y en un restaurante se haga difícil saber qué pedir…
las fronteras parecen murallas alzadas por la mano del hombre, que retienen el flujo del conocimiento, de dinero y de la evolución urbanística y desarrollo urbano
Pero, como siempre, lo desconocido es una fuente de conocimiento inmediato y gratuito. Si se escucha y se atiende, podremos aprender muchísimo.
Ayer entré en una iglesia vacía a meditar y me maravilló la riqueza de sus frescos e iconos. Un lugar apacible y silencioso con un ligero aroma a incienso oriental. ¡Que maravilla!
Esos pequeños descubrimientos me hacen pensar en la fortaleza de un pueblo que, aunque no esté en la cresta de la ola del desarrollo, sigue teniendo lo que más les identifica: su vida cotidiana, su alimentación y, sobretodo su magnífico idioma que hablan a velocidades de vértigo.
Las fronteras nos han separado durante miles de años y todavía, a pesar de la aparente transparencia en la Unión Europea, la voluntad burocrática de control de los países actuales todavía hace difícil que podamos sentirnos en un gran país.
Solo a título de ejemplo, para dar clase aquí, en la UE, he tenido que solicitar un certificado para evitar la doble imposición en las tarifas de docencia… Pero seguro que vamos mejorando… unos más deprisa que otros.
Me parece que las fronteras nacionales, con toda la parafernalia de los años de gobiernos centralizados debería ir dando paso a una Unión Europea más fuerte y unos países más pequeños que cuiden de su territorio, de su patrimonio como hacemos nosotros en nuestras casas. Es el famoso Bottom Up que enseño en el IESE.
Las grandes ideas deben provenir de los líderes que mejor puedan tenerlas y desarrollarlas, ideas compartidas y grandes sueños y la acción de gobierno debería ser el hacer crecer a todos quienes forman parte de esa Unión Europea, apoyándoles, dándoles lo que necesitan, mejorando las culturas ciudadanas y sociales. Y los países más pequeños cuidar de lo doméstico, de las tradiciones, de la cultura, los idiomas, el orgullo de la historia, su literatura y artes plásticas, su arquitectura y su forma de interpretar los grandes principios compartidos. Ojalá un día podamos verlo porque, de momento, los griegos nos necesitan y no veo que les hagamos mucho caso.
Xavier Oliver, profesor del IESE Business School.