Economía & Empresas

El silencio que atrapa

¿Se han preguntado alguna vez cuál es el límite de nuestro cerebro si lo estamos sometiendo constantemente a la presión de nuevas informaciones y reflexiones?

Publicado por

Creado:

Actualizado:

Escribo desde un monasterio donde estoy siguiendo la vida de la comunidad y dedicando mucho tiempo a hacer callar mi mente, siempre tan despierta e inquieta. Este es un buen lugar, porque todo va a toque de campana: para levantarse e ir al coro a recitar los maitines, hasta el final del día para recitar completas y dormir. Las campanas nos gobiernan y podemos prescindir de los relojes.

Si uno ya no ocupa sus pensamientos en lo que tendrá que hacer después, queda mucho menos que decidir, ¿no les parece? Y aunque sea una ostensible contradicción con nuestra vida cotidiana, donde tomar decisiones es lo que hacemos sin parar y no dejamos de darle al cerebro para ser más innovadores, diferentes y mejores, es imprescindible vivir esta otra vida también.

Nosotros llenamos el tiempo constantemente y somos multi tarea incluso cuando miramos la televisión. Y aquí, en el monasterio, hay una cosa que hacer y solo una a cada instante del día. Nuestro tiempo es normalmente ruidoso porque lo llenamos con conversaciones, ideas, canciones, vídeos, películas y lo que más quieran. Aquí no hay nada con que llenar ese tiempo más que el trabajo, rezar y callar.

Pues poco a poco, las revoluciones que llevamos en el cuerpo van reduciéndose y al cabo de un día o un par de ellos, volvemos a un estado magnífico de atención constante y una paz sinfín.

Porque la atención no está puesta en lo que deberíamos hacer o en lo que no hemos hecho bien sino en el paso que estoy dando aquí y ahora, en la respiración que llena y vacía mis pulmones, en el zumbido de mis oídos, en los latidos del corazón. Y eso atrapa. Atrapa porque entramos en un estado de conciencia profundo del ser, de lo que soy, sin todo lo demás que viene de fuera y llena mi cerebro y mis emociones. Soy yo, nada más. El único e irrepetible yo.

No piensen que eso es un acto de egoísmo, al contrario, es el desprendimiento total de todo lo que tanto parece importarnos, que se demuestra superfluo y añadido.

Y cuando descubrimos que podemos prescindir de tanto, de casi todo, entramos en otro estadio de nuestra vida en que comemos despacio y poco, saboreando cada bocado, en que cada palabra que nos regalan cobra un enorme sentido, en que la sonrisa fluye constantemente frente al resto de los humanos, en que perdemos el pesimismo, el mal humor, los rencores y la ambiciones porque acabamos de encontrar la felicidad más extraordinaria simplemente siendo conscientes de quiénes somos.

Nos han enseñado que el tiempo hay que ganarlo, que hace falta dedicar empeño a hacer mucho para aprovechar ese don finito que es la vida y, para ello, la llenamos de viajes, experiencias, emociones, amistades, distracciones y adrenalina. Aquí se enseña la otra cara de la moneda: el sentirnos unidos al Todo en cada instante porque no tenemos casi nada.

Llenamos el tiempo constantemente y somos multitarea, incluso cuando miramos televisión

Parece difícil conciliar ambos mundos porque el primero es el que estamos vendiendo continuamente a nuestros alumnos: aprender, aprender y aprender. Pero ¿se han preguntado alguna vez cuál es el límite de nuestro cerebro si lo estamos sometiendo constantemente a la presión de nuevas informaciones y reflexiones? Yo no sé el dato, pero sí que nuestra capacidad no es infinita.

Creo que les podría resultar muy útil el pensar en las dos caras de la moneda que deberían pesar lo mismo para estar equilibradas. Igual el ser humano debería dedicar tanto ahínco a lo que hacemos continuamente, que es llenar la mente, como a vaciarla. Y si lo creen, se darán cuenta de que las vacaciones son una forma de retorno a los orígenes de hacer poco y disfrutar lo más posible; son geniales porque llevamos a nuestro cerebro al túnel de lavado y sale como nuevo. Pero se acaban.

¿Cómo lograr el equilibrio de forma constante? ¿Cómo logramos que la moneda se mantenga estable en su borde y no caiga a un lado o al otro? Pienso que el aprender a ser conscientes del yo un rato todos los días nos ayudaría enormemente a perder todo aquello que nos hace malignos y nos centraría en la benignidad que yace escondida ahí dentro de cada uno de los humanos. Por eso, aquellos amigos que siempre los miran con ojos intensos, les escuchan intensamente y les muestran una sonrisa beatífica seguramente ya han sido atrapados por el silencio.