Avatares para entender el final del mundo

Dos novedades indagan sobre los límites de la vida, desde la enfermedad mental hasta la desaparición de nuestra especie

Si hay algo que a ti, lector, y a mí nos iguala es que tú y yo nos vamos a morir. Si hay algo que verdaderamente condiciona nuestros días es el hecho de que nuestros días en este mundo son finitos. El parador de Mazagón, en Huelva, desde donde ahora escribo esta página existe porque existe la muerte, y el tiempo que nos queda para el frenesí o el confort es limitado. Y por eso salimos ahí fuera. Por eso levantaron este complejo hotelero al que me han invitado y por existen los cruceros por el Mediterráneo, los daiquiris de mango, Port Aventura y los contratos a tiempo parcial, porque nuestro destino es la desaparición, borrarnos para dejar sitio al otro. Y esa verdad, esa triste y necesaria verdad, nos somete y nos hace libres a la vez. Antes de fallecer, el escritor Ricardo Piglia, enfermo de ELA, reconocía que la literatura nace a partir de un desajuste con la vida, que quien escribe no acaba de encajar en este presente, construido más de presentismo que de realidad. Poco debate cabe en que la mejor literatura brota con más ahínco en las personas con problemas, en las que no se acaban de adaptar a este mundo, o se sienten por debajo de él y pasan su tiempo entre la convulsión y el sacrificio. Y es que escribir tiene que ver más con un estado de pasividad, de sumisión, que con la seguridad o el orgullo. La literatura sirve para ponerle lindes al dolor, a la enfermedad y a sus peligrosas ramificaciones, para aceptar así nuestra condición efímera.

Dos títulos actuales con los que tropezamos en las mesas de nuestras librerías, uno desde la ficción y otro desde la más cruda confesión, indagan en esta relación entre nuestra realidad y la esperanza colectiva y personal. «Paradójicamente, los hombres estuvieron más unidos cuando se ignoraban los unos a los otros», escribe Santiago H. Amigorona en ‘Mis últimas palabras’ (Literatura Random House) titulo que ahora podemos leer en español y que recoge el universo de este escritor y director de cine argentino afincado en Francia desde su infancia, y que en sus apenas 100 páginas nos traslada al remoto pero ya reconocible 2086, días en los que en este planeta solo quedan dos personas, un joven y un anciano. Tras un virus letal (que afortunadamente no nace con ecos de Covid porque la novela se publicó en Francia antes de la pandemia), el mundo, nuestro mundo, llega a su final y estas dos personas revisan las contradicciones de la historia reciente y su devenir desde el final anunciado. ‘Mis últimas palabras’ supone un recorrido por las tribulaciones humanas, desde sus absurdidades más evidentes hasta sus momentos de bondad y plenitud; Amigorona lo recoge de una forma delicada, poética, a medio camino entre la ciencia ficción y un diario íntimo sobre la frustración: «Cuando la Tierra estuvo superpoblada, solo reinó la indiferencia: indiferencia similar entre todos los hombres. De todas las enfermedades, la que más daño hizo a la humanidad fue esa: la indiferencia», apunta en este libro que avanza hacia un final esperanzado, sin caer en el derrotismo de la especie, aunque no logra esquivar algunos clichés innecesarios cargados de moralina y que desorientan el rumbo de esta relación entre los dos últimos supervivientes: «Dirigentes ecologistas esperaban llegar a ministros de gobiernos que les dieran el derecho a poseer un coche oficial. Escritores escribían libros para decir que los libros destruían los bosques.» Estamos ante una novela que funciona como un manifiesto de la alegría, un trabajo que nos recuerda que lo importante es aprender a vivir, y no a sobrevivir.

«Tres meses sin poner la lavadora. La sola idea de reunir la ropa y acercarme al tambor me produce escalofríos. El piso se ha ido llenando de rincones prohibidos, y en uno de ellos reina inútil la Balay, el trasto descompuesto», escribe Eloy Fernández Porta en su nueva entrega, ‘Los brotes negros’ (Anagrama), un testimonio personal escrito con el gaznate, un diario sobre el sufrimiento por el que un trastorno mental lo arrastra, una exploración de los adentros más perturbadores de este autor que llevaba años y ensayos tratando las posibilidades de la confidencia y el entendimiento humano, pero con estos brotes de ansiedad aquí desplegados como un mapa de la miseria más descarnada y honesta llega a un estado de autenticidad y elevación inusitados: «Hay un tipo de extenuación a la que solo se llega después de dos brotes consecutivos. Los pulmones no dan más de sí. Los ojos se han secado. Una somnolencia leve se va expandiendo». Y al leer esta bomba nos colocamos al lado del autor, nos sentamos junto a Fernández Porta, e intentamos tranquilizarle en sus gritos, en sus tics, colocamos la mano en su frente para que sienta compañía mientras la arcada abre un camino hacia una alegría lejana al final de un ansia que nos mantiene entre la vida y su negación.

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