Aclamación popular

El fervor del público es otra forma de confianza, tan costosa de ganar y fácil de perder, y es significativo que haya quien lo olvide en períodos de memoria breve y sustitución rauda como el que vivimos.

Pruebas de ello las estamos recibiendo de todos los colores estos meses, como el mesianismo que se le va de las manos a un Bruce Springsteen cuya trayectoria ha sido una mezcla de portento musical y autoreivindicación como icono de masas, en el sentido orteguiano del término. El rockero estadounidense ha elevado el precio de las entradas de sus espectáculos hasta la indecencia y una parte de sus seguidores ha hecho lo propio con los gritos al cielo.

Si bien es cierto que cada uno puede programar lo que considere, y que ante el vicio de pedir está la virtud de no dar, a nadie le gusta que se la den con queso, menos aún cuando el responsable en cuestión ha alimentado valores opuestos a lo largo de décadas.

Cuando uno se sube a la parra no hay otra forma de hacerlo bajar que cortándola de raíz y en este aspecto los artistas están más a cubierto, pues si consiguen dar en la diana con alguna de sus obras estas permanecen y dan la cara por ellos cuando su falta es irremediable y definitiva. Pero hay gremios que son aún más propensos a los excesos e incluso menos al comedimiento.

De los políticos no procede hablar, porque al menos en España costaría recordar cuál fue el último de ellos en gozar de apoyo por parte de toda la ciudadanía. Habría que dar vueltas a las hemerotecas desde la Constitución (sin democracia no hay sometimiento a confianza), y lo peor sería que igualmente la lista quedaría en imposible o reducida a ejercicio de ciencia ficción.

El fútbol es, sin duda, uno de esos corrillos que han ido en degradación. No partía con gran ventaja, pero hay mucha diferencia entre los modos que tenían o aparentaban los antiguos y la impunidad con que se manejan jugadores actuales que lo mismo son glorias que donnadies. Como se está viendo estos días, el tiempo y otros jueces más terrenales ponen todo en su lugar.

Al final, entre las generaciones venideras se oyen rumores de hostilidad hacia los miembros de estas disciplinas, y no sorprende, porque se la ganan con sus actitudes. Ya veremos si el paso de los años reserva para los figurines de ahora la admiración genuina que, por los motivos que fuesen, sintieron otras épocas hacia Sinatra, Di Stéfano o Adolfo Suárez.

En cambio, también ha habido personajes conscientes de su fragilidad y a los que sin embargo rememoramos. Se cumple siglo y medio del nacimiento del novelista Pío Baroja, del cual se dice que tenía un reloj con el lema «Todas las horas hieren, la última mata». La suya llegó hace casi setenta años y ahí sigue, leído y reeditado, sin una promoción invasiva, con una veintena de sus títulos en los catálogos de las librerías. Sus libros siguen suscitando adhesiones y rebeldías, le han dado la razón los años y los lectores. ¿Quiénes son dueños del corazón del pueblo?

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