Difícil conciliación

«Estoy harta de tener que ser una superwoman! ¡Menudo engaño!», me confesó Alejandra mientras me atendía en la oficina de Barclays de Barcelona. Madre, trabajadora, gimnasta auto-obligada para mantener la silueta, preocupada por la marcha del hogar, Alejandra había perdido, me confesaba ella, «el sentido de la vida», metida en un torbellino existencial de experiencias que en realidad solo le llevaban a un estrés y fatiga que no merecía.

Le dije que el ser humano, tan imperfecto, no había encontrado todavía solución al hecho de tener que conciliar maternidad con vida profesional. En Suecia se acercan mucho, con sus medias jornadas de trabajo que, sin embargo, limitan el futuro profesional de muchas mujeres.

El feminismo de despacho y tertulia tiene poco que ver con el del día a día. El feminismo no es sólo pura reivindicación, es también entender, si se puede, la dualidad femenino-masculino.

He mirado esta mañana varios kioscos que me han salido al paso y todas, absolutamente todas las portadas de las llamadas ‘revistas femeninas’ y las del corazón, incluidas las francesas e inglesas, llevaban en su portada la imagen de una mujer, a pesar de que casi todas estas revistas están regidas por mujeres.

Es un fenómeno que puede parecer machista, pero que no conoce explicación. La revista Lecturas cuando en una ocasión publicó en portada una gran foto de una catástrofe en Bangladesh vendió poquísimos ejemplares.

Yo sostengo que esto de las portadas es porque, por norma general, la mujer es bella y atractiva, incluso para las otras mujeres, mientras que el hombre es feo por naturaleza y no atrae tanto, incluso a las mujeres. No hablemos ya de imágenes de catástrofes.

Esta descompensación estética entre mujer y hombre hace que la atracción mutua probablemente se considere una especie de milagro. ¿Es fruto de imposiciones machistas esta atracción mutua?

Yo más bien veo que es el efecto de unas hormonas que se disparan y buscan el estallido del amor o, al menos, del erotismo y para satisfacerlo se acepta lo que sea, incluida la llamémosle fealdad masculina.

Pura animalidad que conviene pasar por el filtro del intelecto, el raciocinio y la mesura. No todos lo hacen.

En el actual imperio del feminismo, ¿es machista que un hombre se enamore de una mujer y ella sienta lo mismo? En todo caso, es una especie de magia. Pero sin esa aceptación de dos personas, dos seres, a compartir un futuro a cuatro manos, no habría descendencia humana.

¿Es machista tener descendencia? Hay feministas que hacen piruetas para justificarlo. El mecanismo de la relación entre dos personas hasta llegar a la más absoluta intimidad comienza, o debería iniciarse, por una acentuación del respeto que merece el otro por el simple hecho de ser persona.

Luego es imprescindible el conocimiento del otro y a continuación su aceptación, punto clave del éxito de una relación. Podríamos añadir lo fantástica que es la compenetración. Si todo esto ha funcionado, la pasión que puede generarse produce un goce completo, rico e intenso, y da sentido humano a la animalidad del sexo.

Comenzar por la pasión sin la aceptación del otro es como jugarse a los dados el éxito de la relación. Podríamos concluir que el machismo es precisamente la falta de respeto, con lo cual la relación está condenada a un mal futuro.

Por otra parte, la actual cruzada feminista, al menos en España, tiene de alguna manera el pequeño problema de quererse adelantar a las transformaciones sociales antes de que la sociedad las solicite.

No es que no las necesite, sino que los cambios sociales exigen progresar desde convencimientos y siguiendo los procesos empíricos que garanticen el éxito. Las revoluciones, además, se hacen persona a persona porque la sociedad es una suma de personas.

Dictarlas y teorizar sobre lo que es obvio –la igualdad– me parece vano. ¡Claro que debe haber igualdad! Pero las políticas que ponen el carro delante de los caballos hacen que haya una cierta confusión entre los actores de la polarización hombre-mujer y viceversa.

Nos abocamos a un mundo diferente y este tipo de cambios suele costar en digerir. Por otra parte, quienes no acaban de entender tantos cambios –unos buenos y otros ridículos– guardan silencio para no desentonar. El fondo absolutamente necesario del feminismo se pierde a veces con imposiciones innecesarias.

Tenemos un gobierno en donde su ala feminista, hiperactiva, impone muchas normas, algunas tan excesivas como la invención de nuevas maneras de hablar sobre lo correcto y lo incorrecto del pensar.

No se habla de conciliación sino de lucha e imposición, incluso de ‘discriminación positiva’ (cuando todas las discriminaciones son injustas y por tanto negativas). Lo suyo tiene en muchas ocasiones una agresividad que molesta a personas de buena fe y buen actuar.

Quieren transformar a la sociedad e incluso cambiar la Gramática, con prisas aunque se apoyen en la necesidad justa de acabar con los abusos machistas. Tal vez deberían escuchar a Alejandra y su decepción por la lucha de ser una superwoman.

Porque las cosas son más naturales y sencillas y ser superwoman está muy bien en los papeles pero cuesta mucho de llevar adelante. No se trata de una pugna entre sexos, sino de respeto, el bello, agradable y necesario respeto.

No es fácil hacer avanzar el feminismo, y la sociedad se empeña en ello, pero hay que hacerlo procurando evitar que chirríe.

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