El veraneo de mamá

Empiezan los Colegios y la mayoría decimos adiós a las vacaciones estivales. Se sufre el famoso ‘síndrome post vacacional’ –estupidez de nombrecito para describir el disgusto de volver a la vida diaria cruda o no–, por eso dedico cuatro líneas a un colectivo que, por estas fechas, si ha sobrevivido, está aplaudiendo hasta con las orejas por comprobar que la pesadilla del veraneo toca su fin y podrá respirar y descansar de unas ‘supuestas vacaciones’ que dejan derrotado a cualquiera en su sano juicio. Lo dedico a las ‘Mamás Amas de Casa’. Los millones de mamás españolas y extranjeras que no se han podido ir con su familia una semana de hotel con pulsera, ni a una casa rural, ni a un tour o un crucero .

Son las que en verano regresan a la ‘casa del pueblo’ y o alquilan o tienen un apartamento al que viajan con la familia unos días. Las que se llevan a los abuelos (generalmente llenos de manías y achaques) que les ponen los nervios de punta. Las que esperan con toda ilusión ver a un hijo que trabaja en la otra punta del mundo y media hora después de haber llegado, abrazado a los suyos y dejado una maleta llena de ropa sucia, desaparece con los amigos y ya no lo ves más que en las horas de la comida con cara de sueño.

A la prestigiosa periodista Olga Viza le preguntaban a final de junio, en un conocido programa de radio, sus recuerdos de infancia sobre las vacaciones de verano. Describía una época muy feliz de su vida en un pueblecito de la costa catalana. «Nosotros todo el día en la playa y jugando. Mi madre en la cocina trajinando...». ¡Pobre señora!, la vi perfectamente como los millones de madres que cada verano se van llenas de ilusión con su familia a disfrutar supuestamente de unas maravillosas vacaciones y acaban haciendo kilos de filetes de lomo empanado y docenas de bocatas en cocinas mil veces peores que las de sus hogares, gastando en el súper una fortuna. Organizando almuerzos para luego nunca saber cuántos vienen a comer o a cenar. Barriendo arena por el apartamento; y que cuando llegan agotadas a la playa o a una maravillosa excursión por la montaña, disfrutan de un rato de paz. Y cuando están alcanzando el punto de felicidad y relajación, vuelta a comenzar la rueda de meriendas, bocatas, gestión de permisos para salidas nocturnas de adolescentes. Jóvenes que no se despiertan hasta el mediodía bloqueando cualquier plan razonable de limpieza en los famosos apartamentos de segunda residencia o del pueblo. Niños con anginas o con la picadura de una medusa...

Son mujeres muy fuertes y positivas. La inmensa mayoría trabajan fuera de casa y llegan agotadas a las vacaciones. Aunque las más jóvenes compartan responsabilidades familiares y domésticas con sus parejas, todas acaban gestionando la coordinación de las rutinas diarias, no pudiendo evadirse de los problemas personales que sufren sus miembros; también disfrutan de sus alegrías ¡Faltaría más! Siempre he admirado su capacidad de resistencia y la cara de felicidad que muestran cuando por fin se tumban media hora en la playa, vigilando con un ojo que el niño no se vaya a donde «no hace pie». Son unas heroínas nunca reconocidas por la Historia de la Humanidad.

Cuando mis hijos eran pequeños, mi marido solía decir que era preferible «pintar una copia del Guernica en su tamaño real» a cuidar de los niños una jornada de vacaciones. ¡Y eso que era oficialmente ‘chiquero’! Por cierto, les dejo porque se me está quemando el sofrito de los macarrones. Hoy domingo, tengo nueve familiares a comer porque seguimos despidiendo el famoso verano.

Dedicado a mi cuñada Pepa y mi amiga Araceli

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