Morir cuerdo y vivir loco

Durante 14 años, el escritor Andrés Trapiello ha batallado para poner El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, de Cervantes, desde el castellano original del siglo XVII al actual. Los puristas se quejarán de desacato. La razón nos dice que ahora se puede leer con facilidad. Si nunca lo ha intentado, hágalo ahora, porque El Quijote es la esencia de la vida, y podrá reír o sonreír con Sancho o pensar con su amo. Es recomendable leerlo despacio, no de un tirón, capítulo a capítulo, dejando un par de días en medio. Y se llenarán de hambre cuando lleguen a lo que preparó Camacho para su boda...

Como el más tozudo catalanista no podrá dejar de lado lo que Cervantes –un manchego– dice de Barcelona: «Archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y única en sitio y belleza...».

Mientras el caballero iba sobre Rocinante, pensando en maravillosas aventuras, Sancho no llevaba otro cuidado que satisfacer su estómago con las sobras que habían quedado de un despojo clerical e iba tras su amo, sentado a la mujeriega sobre su jumento, sacando de un costal y embaulando en su panza, y mientras iba de aquella manera, le importaba un chavo hallar otra aventura. Algunos se quedan en la aventura de los molinos de viento. Hay muchas más en el relato.

Canta a la mujer, no solo a su Dulcinea, porque «la mujer buena es como espejo de cristal luciente y claro, pero está sujeto a empañarse y oscurecerse con cualquier aliento que le toque. Se ha de usar con la mujer honesta el mismo estilo que con las reliquias: adorarlas y no tocarlas. Se ha de guardar y estimar a la mujer buena como se guarda y estima un hermoso jardín que está lleno de flores y rosas, cuyo dueño no consiente que nadie lo pasee ni manosee».

Es interesante su discurso sobre las armas y las letras: dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas... Las armas responden que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de corsarios... Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias, hambre, desnudez, mareos, indigestiones de estómago y otras cosas anejas a estas... pero llegar uno por sí mismo a ser buen soldado le cuesta todo lo que el estudiante, en tanto mayor grado, que no tiene comparación, porque a cada paso está a pique de perder la vida».

Advierte don Quijote a Sancho que aprecie la comedia y a quienes las representen y escriben, porque todos son instrumentos para hacer un gran bien a la república, poniéndonos un espejo a cada paso, donde se ven los hechos de la vida humana.

Sancho también replica, con su sentido práctico, cuando llegan al lugar donde el rico Camacho se va a desposar con la bella Quiteria, que, realmente a quien quiere es al pobre Basilio. Dice: ¿Qué es eso de no tener un cuarto y querer casarse por las nubes? El pobre debe contentarse con lo que halle y no pedir peras al olmo. Me apuesto un brazo a que Camacho puede envolver en reales a Basilio y bien boba sería Quiteria en desechar las galas y las joyas que le debe haber dado y le puede dar Camacho...

Don Quijote le recomienda a Sancho «haz gala de la humildad de tu linaje, y no te apure decir que vienes de labradores, porque viendo que no te avergüenzas, ninguno se pondrá a avergonzarte, y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio. Innumerables son aquellos que nacidos de baja estirpe han subido a la suma dignidad... No hay por qué tener envidia a los que tienen por padres y abuelos a príncipes y señores, porque la sangre se hereda, y la virtud se conquista, y la virtud vale por sí sola lo que no vale la sangre».

Hay mucho que leer en El Quijote ahora que está en el lenguaje actual. Poco a poco. Es obvio que los desgraciados esos del fútbol –de cuyos nombres no quiero acordarme– no han leído nunca ni un párrafo de esta obra inmortal.

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