La huella verde

La masificación de los espacios naturales y urbanos es una problemática al alza en muchos campos, también en el que hace referencia a su vinculación con el ocio y la práctica deportiva que, a posteriori de la pandemia de la Covid-19, se ha intensificado todavía más.

Uno de los ejemplos más visuales y dramáticos que nos puede venir a la mente es el caso de las largas colas y de los residuos depositados en el Everest después de más de 40 años de expediciones comerciales, pero, también y como casos más próximos tenemos los de los espacios naturales como el del Parque Natural del Delta del Ebro, con un entorno único y muy vulnerable, o el de las montañas más emblemáticas de los Pirineos como la Pica d’Estats o el Aneto –entre otras muchas –, que sufren aglomeraciones de excursionistas cada vez menos puntuales que suponen un impacto negativo para estos frágiles entornos naturales.

También y todavía más accesibles son los casos de cualquier espacio con pozas de agua o con un valor natural y/o paisajístico significativo próximos a las ciudades, como es el caso del Nido del Águila de Alcover o del entorno del parque ecohistórico del Puente del Diablo en Tarragona. Hay que tener en cuenta, pues, que cuando vamos a un espacio natural es importante informarnos de las regulaciones de cada lugar, muchas son para preservar sus ecosistemas, y tener claro que hay que dejar la mínima huella ecológica posible, así como conocer cuáles son las medidas de seguridad que hay que cumplir según dónde estemos.

En este sentido, el debate sobre la regulación del acceso está abierto y las posibilidades son múltiples: restricciones, pagos por acceder, licencias federativas, tasas ecológicas, etc. están a la orden del día o, incluso, proyectos público-privados para la conservación de dichos espacios como en el caso del NeverRest Project para limpiar el Everest de basura de un turismo de masas depredador. Unas propuestas que, a la vez, tienen que ir acompañadas de campañas potentes de sensibilización de todos los actores implicados para reducir el impacto nocivo y que no se vuelvan a repetir situaciones tan lamentables como las que vemos en la actualidad en muchos de estos espacios naturales.

Es en este contexto donde los deportes outdoor tienen una gran responsabilidad en el ámbito de la concienciación, sensibilización y práctica deportiva, trabajando para que estos sean lo más sostenibles posible reduciendo su huella ecológica al máximo. Así mismo, no tan solo estos deportes en entornos naturales tienen efectos negativos para el medio ambiente, sino que también los tienen los deportes que se practican masivamente en nuestras ciudades. Para poner tan solo un ejemplo, pensemos en los grandes maratones urbanos con decenas de miles de participantes por las calles de Londres, Berlín, Barcelona o València, entre otras. Los desplazamientos a las pruebas, la gestión de los residuos generados, los avituallamientos, la procedencia, fabricación y tipo de material de la ropa deportiva, etc. son tan solo algunos de los elementos a tener en cuenta por parte de organizadores, administraciones, federaciones pero, también, por los deportistas y acompañantes. En este sentido, la promoción de la sostenibilidad en el deporte pasa por implicar a todos estos actores, por minimizar el impacto medioambiental de los acontecimientos y por multiplicar las buenas prácticas de iniciativas, proyectos y actividades deportivas que garanticen más kmSOStenibles.

En definitiva, para proteger el medio natural del propio ser humano todo el mundo hemos de ser conscientes de estos efectos negativos, es decir, de conocer nuestra huella ecológica y, así, actuar en consecuencia, ser responsables de nuestras acciones y buscar un impacto positivo para la sociedad y el planeta.

Temas: