Las manos en los bolsillos

Román Piña Homs es un buen amigo, historiador y jurista mallorquín, catedrático ya jubilado de Historia del Derecho y de las Instituciones en la Universitat de les Illes Balears. Tiene raíces familiares en Tarragona: su familia está emparentada con los Castellarnau, de la pequeña nobleza catalana procedente del Pirineo leridano (concretamente de Alins) que se instaló en la ciudad de Tarragona en el siglo XVIII. Su infancia no son recuerdos de un patio de Sevilla, como describía Antonio Machado, sino del Mas de Magrinyà, posesión agrícola situada en Constantí, en las cercanías de la Tarraco imperial, que había pertenecido a un rama de los Castellarnau y pasó a su familia a principios del siglo XX. Cuenta Román Piña que en uno de esos veranos de largas vacaciones estivales de varios meses que se estilaban antaño, estaba observando junto con su hermano el trabajo y las labores agrícolas de los payeses. Debían contar con seis o siete años, todo lo más. Tenían las manos en los bolsillos del pantalón. Cosa normal en unos chiquillos. No pensaba lo mismo su padre, que les sermoneó diciéndoles que la vida no era una simple contemplación, sino acción y compromiso. Y para evitar que se repitiera el hecho, que consideraba simplemente una pérdida de tiempo, a partir de ese momento los bolsillos de los pantalones de los hermanos Piña fueron convenientemente cosidos en sus aberturas, quedando lógicamente fuera de todo uso. Lo malo vino después, cuando el crudo y frío invierno de Palma les obligaba a ir con las manos al aire…

Toda esta historia viene a cuento con motivo de ciertas costumbres, gestos o ‘poses’ que últimamente hemos vivido. Son detalles en el vestir, en el actuar o en el comportarse que nos indican alguna cosa, que nos envían un mensaje intencionado, o no, que de forma muy rápida es mediáticamente reproducido. Pongamos algunos ejemplos. Hace unos meses, un destacado empresario, catalán por más señas, acudió a declarar ante la sede de la Audiencia Nacional (hasta hace poco situada provisionalmente en la calle de Prim, 12). Llegó en taxi, que paró ante la puerta de acceso al edificio y delante de una nutrida nube de periodistas, fotógrafos y cámaras de televisión. Salió del vehículo con prisas por entrar en el inmueble y evitar las fotos, etc. Tanta era la prisa que puso un pie en el suelo, después el otro, y entró directamente en la Audiencia Nacional. Pero dejó la puerta del taxi abierta… no tuvo el detalle siquiera de mirar al asombrado conductor para avisarle de que no había cerrado la puerta. Falta de urbanidad.

Cambiemos de escenario. Primera ronda de conversaciones del Rey con los líderes políticos para encargar la formación de gobierno. Los políticos entran en la sala y esperan la llegada del monarca (en la segunda ronda, se cambió el procedimiento, y era el Rey quien esperaba la entrada del político de turno). Pues bien, uno de los líderes políticos entró en la sala con una mano en el bolsillo (en este caso, de la americana), y así siguió cuando entró el Rey y le saludó estrechándole la mano, y así continuó cuando entró en el despacho para conversar con el Rey. En este caso, los bolsillos no estaban cosidos… pues de haberlos estado, nos hubiéramos ahorrado la triste imagen de un jefe de Estado saludando a un político que parecía que estaba paseando por allí, con la mano en el bolsillo, como quien no quiere la cosa, mirando los cuadros y tapices… Falta de educación.

Tercer ejemplo. Las indumentarias de nuestros representantes en las cámaras parlamentarias son de lo más variopinto. Nada que objetar. Desde la americana y corbata hasta el traje chaqueta, pasando por las camisetas más llamativas, los elegantes zapatos o las caras zapatillas deportivas de marca. Una sinfonía muy llamativa de colores y formas. Pero ciertamente, si la representación de los ciudadanos es un acto importante, muy importante, de la vida democrática, cuesta entender por qué algunas de sus señorías se empeñan en vestirse expresamente como irían por su casa o de excursión. De esta manera, olvidan que nuestra sociedad se mueve (¿todavía?) por convenciones formales como la de otorgar a la vestimenta una visibilidad destacada acorde con la importancia del momento o circunstancia que se vive. Las palabras pronunciadas hace años por Julio Anguita, entonces líder del Partido Comunista de España, no dejan lugar a dudas: me pongo corbata, decía, el día de las elecciones, como hacía mi padre, para destacar y demostrar la importancia que tiene para el pueblo el poder elegir democráticamente a sus representantes. Esa importancia es la que no han sabido valorar muchos de nuestros representantes. Falta de compromiso.

Último ejemplo. Ante la nueva sede de la Audiencia Nacional, un famoso jugador de fútbol es citado a declarar en un procedimiento judicial que se le instruye como investigado sobre supuesta estafa. Poca broma. No se le ocurrió otra cosa que empezar a firmar autógrafos a la entrada y a la salida de su declaración. Esperemos que el juez no le pidiera uno. En fin, falta de todo…

Ciertamente, la vida no es contemplación, sino acción y compromiso. Los ejemplos anecdóticos expuestos nos enseñan que más allá del ‘postureo’ mediático o de la falta de educación, es necesario un compromiso cívico serio y responsable con la sociedad. Y esto afecta por igual a todos. Pero la imagen que dan algunos de nuestros representantes y algunos famosos no es muy edificante, es más bien decepcionante. Si hoy hemos hablado de cuestiones formales, otro día lo haremos de cuestiones de fondo. Será para echarse a llorar.

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