Sobre el fútbol y los padres

En esta época del año comienza la nueva temporada futbolística para miles de niños y niñas de la provincia. Se acabó la tranquilidad. Lunes, martes y viernes. Martes y jueves. Lunes, miércoles, viernes... A las 17.30 h, a las 18.15 h, a las 19.30 h, a las 20 h.... Las combinaciones son infinitas y diferentes a cada nuevo curso futbolístico. Organizarse no es fácil, pero lo peor viene los fines de semana. Tienes los sábados y los domingos hipotecados de por vida. Se acabaron las escapadas y excursiones improvisadas. «Ui, no podemos venir a PortAventura. Nuestro hijo tiene partido en Tortosa». «El sábado imposible. A las 14 h están convocados en Alcover»... Aunque no hay mal que por bien no venga. «Ui, qué pena. No podemos venir a la boda de la prima Puri de Algeciras. Hay un torneo justo ese fin de semana. Con la ilusión que nos hacía».

El mundo del fútbol formativo es complejo. Primero está lo de preparar la mochila para entrenos y partidos. Parece una nimiedad, pero tiene lo suyo. Hay que volver a casa varias veces porque te has olvidado las botas hasta que aprendes a darle la importancia que merece. Y no son pocas las ocasiones que tienes que poner una lavadora a medianoche porque mañana el niño/a necesita la camiseta azul que, por cierto, huele a tigre entre el resto de la ropa sucia desde el pasado fin de semana. Y lo del agua es de matrícula. Siempre parando en gasolineras o rezando para que en el campo haya bar para poder comprar la botellita de litro y medio. Las chanclas, la toalla, el neceser, el polo de paseo, la sudadera... La cosa tiene su miga.

Luego están los madrugones en fin de semana. ¡¡Qué manía con poner los partidos a las 9 de la mañana!! Levantarse a las siete un domingo para estar a las ocho en el municipal dels Pallaresos no tiene ninguna gracia. Los inviernos son una tortura. No es de extrañar que, sin haber llegado a media temporada, uno de los dos progenitores busca siempre escaquearse con la excusa barata de tener que ir a hacer la compra semanal o limpiar los baños de la casa. Y lo que tiene más guasa es que, justo cuando los niños/as llegan a la edad de cadetes (14 años) y ya no es necesario acompañarlos a todos lados, entonces van y les ponen los partidos a las horas más sensatas. Venga ya.

Estos padres motivados merecemos un monumento. En general somos buena gente. Estamos dedicados a la causa de nuestros hijos e hijas, apoyándolos y siempre animándolos. Sacrificamos horas de sueño y de ocio durante años, pagamos religiosamente a clubs y federación e incluso establecemos relaciones cordiales y de amistad con otras familias que, por decirlo de alguna manera, ni nos van ni nos vienen. Hacemos un esfuerzo colectivo por el bien de nuestros pequeños/as, entendiendo el deporte como una vía hacia los buenos hábitos y el crecimiento personal. Procuramos ser respetuosos con todo el mundo, ser un ejemplo para los menores, y damos una importancia relativa a los resultados y a la competición. Porque al final, en fútbol formativo se trata de divertirse y de aprender. De nada más.

Pero hay progenitores que no viven así el fútbol de sus hijos. Yo me atreveré a hablar sobre dos perfiles muy concretos: el padre intervencionista y el padre descerebrado.

El padre intervencionista es el que sabe más que nadie, porque ve mucho fútbol por televisión e hizo sus pinitos de joven. No duda en criticar cualquier decisión del entrenador e instiga a su hijo a no hacer caso de las consignas de equipo. Nadie mejor que él sabe qué es lo que más conviene. Somete a su retoño a una presión, angustia y excesiva competitividad, incluso contra sus propios compañeros de equipo. Suele volcar sus frustraciones en su hijo, del cual espera aquello que él mismo fue incapaz de lograr cuando era niño. El intervencionista da lecciones de fútbol al resto de padres y pide siempre reuniones con los responsables del club. Su actitud llevará al pequeño/a a hartarse y a dejar el fútbol prematuramente. Él, en cambio, está convencido de que su hijo tiene condiciones para llegar a ser jugador profesional e incluso fantasea con el retiro dorado a costa del futuro éxito de su pequeño.

Algo parecido cree el padre descerebrado, al cual deberían prohibir la entrada a los campos. Es también defensor de la ‘carrera’ de su hijo, pero a un nivel más vergonzoso. Incapaz de controlar sus nervios, es alguien que insulta a árbitros, entrenadores y a niños en los partidos. Que se enfrenta a otras aficiones con violencia verbal y física, si nadie le para antes los pies. Un ejemplo pésimo para los chavales y un cáncer para el fútbol formativo de este país. Son infrecuentes, pero en casi todos los clubs hay alguno de estos elementos a los que hay que controlar de cerca. Yo llevo siete años siguiendo los partidos de mi hijo mayor y, lamentablemente, me he encontrado con más de uno de estos personajes.

Para todos los padres y madres con hijos futbolistas, aquí unos datos clarificadores. La Federació Catalana de Futbol tiene inscritos hoy en día más de 180.000 niños y niñas de todas las edades. Solo 1 de cada 3.000 llegará a jugar en alguna categoría profesional, por lo que para que lo consigan 60 se deberán quedar por el camino 179.940. Es decir, tener un hijo futbolista es casi tan difícil como que te toque la lotería. Así que papá, tranquilito, que tu hijo/a no será Messi. Es mejor afrontar el fútbol con una buena filosofía de vida, disfrutando de los momentos únicos que aporta a la infancia, que no tirarlo todo por la borda con actitudes y expectativas impropias de un padre que busca lo mejor para su hijo.

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