Andrea Toribio reseña ‘Fuego la sed’, de María Sanchez

22 abril 2024 21:41 | Actualizado a 24 abril 2024 08:12

Recuerdo muy bien la lectura de “Cuaderno de campo”, de María Sánchez (Córdoba, 1989). Ese conjunto de poemas vio la luz en el año 2017 en La Bella Varsovia, y solo ahora, en 2024, la escritora rompe un silencio poético de siete años, un número mágico.

Esa expresión, la de quebrar un silencio, no es en cambio aplicable al trabajo de Sánchez. La poeta, durante ese tiempo, ha publicado hasta dos títulos más, “Tierra de mujeres” (2019) y “Almáciga” (2020).

En aquellos libros, en los que igualmente alguien rompía con algo, la búsqueda del lenguaje se prefiguró como un territorio voluntarioso. El único peaje era, y es, el que sigue: la travesía hacia la palabra se efectúa gracias a la tolerancia de la lengua, a su generosidad.

Así, entre palabras, transcurre “Fuego la sed”, que se publica nuevamente en La Bella Varsovia. Y lo hace en el año en el que el sello, ahora anexo a Anagrama, cumple dos décadas de compromiso editorial con la poesía. Así la factura de esta edición, que es cuidada, espléndida.

Como el tiempo que han esperado sus lectores, el texto de la también veterinaria resulta un volumen brujo. Este se compone de un poema de apertura, “En el principio allí”, para continuar con varias partes: “Nos quedan veinte años para entender el sol”; sigue con “Los elegidos del agua”, “Los animales hablan”. Después, “Fuimos demasiado recientes para formar parte de la historia”, “El día que nací mi abuelo plantó un peral”, para finalizar con “La palabra lenta” y “Avistamientos”.

Comprendo la lectura ¿ecológica? del libro, pero aún puede decirse más. Si bien existe, y se nombra, una genealogía vegetal la poeta permite, entre incisos, a la lengua hablar con libertad. Porque vive de base una sed, que es una sed de algo. Este ‘algo’ no es otra cosa que la necesidad de pertenecer a un lugar repleto de misterio, el lenguaje.

En un mundo habitado por las terapias parciales que podemos proporcionales a nuestras heridas o quebrantos antiguos, ¿de qué nos sirven las grandes preguntas? “para qué sirve / una enciclopedia de todo lo vivo / y de todo lo muerto”; “sin memoria / así puedes maldecir un lugar / y despoblarlo”.

Lo que no se puede hacer se hizo, después de todo. Para Sánchez, el origen del problema siempre estuvo claro: “ya nadie escoge este mundo al cantar”. Y es que el devenir de la historia arranca con la división del trabajo, o de las tareas, y el relegar a un segundo plano el mimo y el cuidado hacia el otro. El detalle. “os toca / qué remedio / aprender / a amar”.

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