El ‘Salvador’ de Siurana
«Es como vender leche, pero no tener la vaca». Siurana, un pueblo de cuento en el corazón del Priorat, no da para más desde el punto de vista de la explotación turística, según entiende su alcalde, Salvador Salvadó (ERC). El nombre le viene al pelo; hasta el DNI concede autoridad a un doble ‘Salvador’ a la hora de autoproclamarse paladín de las esencias del pequeño municipio anclado en el término de Cornudella de Montsant.
Argumenta Salvadó que Siurana se enfrenta al grave riesgo de morir de éxito. Lo que menos necesita –a consideración de Don SS–, es publicidad gratuita. Aunque se le ponga en bandeja un sello de prestigio como el de la asociación que aglutina a algo más de un centenar de los Pueblos más Bonitos de España. Es de suponer, digo yo, que maravillas como Cudillero, Santillana del Mar, Alquézar, Morella o Potes, por citar sólo cinco perlas del collar, alguna cosilla deben de saber sobre presión turística; sin embargo, no le hacen ascos al lábel de calidad, un referente de notable prestigio en el ámbito del turismo rural y la conservación del patrimonio arquitectónico y natural.
El rechazo del ‘Salvador’ de Siurana a la entrada en el selecto club de los más bellos, en una primera lectura, puede parecer un pecado de soberbia, incluso de ignorancia. No obstante, en un análisis más reposado, aparecen más luces de las que se ven a simple vista: para alguien que no desea publicidad, la decisión de dejar a la novia plantada en el altar ha llamado mucho más la atención que un anodino y predecible ‘sí, quiero’. El ya famoso ‘no’ de Siurana se ha viralizado y ha corrido como la pólvora, de modo que no habría dinero para pagar una campaña de promoción tan sonada. Así pues, queda flotando un punto de genialidad en la táctica de Don SS.
La segunda duda por resolver, con un alcalde de ERC de por medio, es hasta qué punto influye el uso de la palabra maldita: Los Pueblos más Bonitos de... España. ¿Habría hecho ascos el ‘Salvador’ de Siurana a una guía de Els Pobles més Bonics de Catalunya? Durante mi trayectoria profesional he tenido oportunidad de colaborar con la extinta Asociación Española de Estaciones Náuticas, y más tangencialmente, con la Federación Española de Campings. Por experiencia, les aseguro que no es fácil pasear la coletilla por Cataluña. Llámenme retorcido si me parece atisbar algún ramalazo.cat en el trasfondo de la cuestión.
El atrincheramiento del alcalde en la misión imposible de aislar Siurana de las hordas del turismo está impregnado del tufillo rancio de lo obsoleto. Ese empeño, por lo general estéril, de poner puertas al campo trasluce cierta cortedad de miras. En una sociedad hiperinformada, los encantos de Siurana van a seguir sumando likes y viajeros por mucho que el doble ‘Salvador’ sueñe con liderar una comunidad de monjes ermitaños. La postura más sensata, a mi entender, pasa por aprender de las mejores prácticas –seguro que ese centenar de pueblos tan bonitos tiene mucho que decir al respecto–, para alcanzar un punto de equilibrio.
Tras la cerrazón de Don SS, se intuye además ese poso ideológico de progresía casposa bajo el que, con cierta frecuencia, se barniza la ‘maldición’ que para algunos supone atesorar un cierto atractivo turístico. Casualidades de la vida, con demasiada frecuencia quienes toman este tipo de decisiones –refractarias a la actividad empresarial y a la generación de riqueza–, acostumbran a tener esperándoles a final de mes una nómina que cuelga del erario público.
Por seguir con el caso que nos ocupa, en Siurana ha sido completamente ignorada la Asociación de Vecinos y Amigos del municipio, entidad pionera a la hora de estructurar las visitas y aminorar el impacto de la masificación. Una tendencia que confirma otro de los rasgos de estos adalides de la participación popular, paradójicamente esquivos a escuchar una voz plural y lo más diversa posible de los agentes socioeconómicos en general, y de la empresa privada en particular, bajo la sospecha permanente de ocultar intereses espúreos.
Detrás del ‘no’ de Don SS se puede identificar la misma sustancia que alimenta otros debates de amplio recorrido como la proliferación de apartamentos turísticos o la creciente llegada de cruceros. Al menor síntoma de efectos perjudiciales por el dinamismo económico, a ciertos sectores ‘anti-todo’ –más ruidosos que numerosos–, les falta tiempo para poner el grito en el cielo ante la amenaza de gentrificación de los centros históricos o de una hipotética invasión descontrolada de cruceristas. «Mira lo que le está pasando a Barcelona», suelen sentenciar.
Tarragona está a menos de cien kilómetros de Barcelona, pero a años luz en cuestión de marca e industria turística. Parece prudente, hasta cierto punto, estudiar los peajes de su éxito, pero no flagelarse a partir de comparaciones absurdas. Por supuesto que hace falta publicitar territorios que pierden habitantes como el Priorat o las Terres de l’Ebre. Y que crezca la demanda para visitarlos. Para revertir la desertificación económica de una Cataluña vaciada no sirven discursos perezosos como el del ‘Salvador’ de Siurana. Ese es el camino fácil. El difícil pasa por hacer mejor su trabajo, inspirarse en los ejemplos de excelencia y capacitarse para generar más y mejores oportunidades.
El ‘Salvador’ de Siurana
El ‘Salvador’ de Siurana