La idea de Donald Trump de ‘quedarse’ con Groenlandia —por las buenas o por las malas— no surge de la nada ni responde a un arrebato excéntrico. Es, en realidad, una propuesta coherente con una agenda conocida, simple y previsible. Groenlandia concentra reservas estratégicas de minerales, tierras raras imprescindibles para la tecnología contemporánea, enormes volúmenes de agua dulce —entre los mayores del planeta—, una posición clave para el acceso al Ártico y la histórica base militar de Thule, pieza central del despliegue estadounidense en el norte. En un mundo que se recalienta y se rearma, el deshielo no es una tragedia: es una oportunidad de negocio y de control geopolítico. En este tablero, las compañías petroleras y extractivas no necesitan demasiados incentivos para alinearse. La Agenda 2030, los compromisos climáticos y el lenguaje de la sostenibilidad quedan relegados a un segundo plano, cuando no directamente olvidados. La lógica es cruda: quien controla los recursos controla el futuro. Todo lo demás —el derecho internacional, la autodeterminación de los pueblos, la protección del medioambiente— se convierte en un estorbo narrativo. ¿Y las personas? Esa es la pregunta incómoda. En este nuevo orden, su importancia parece diluirse. La violencia del ICE (el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de EEUU) en ciudades como Minneapolis ilustra una realidad inquietante: la única verdad que cuenta es la que emana del poder y de su relato. No hay matices, no hay contexto, no hay responsabilidades compartidas; hay un discurso que se impone y una sociedad que aprende a convivir con él. Tampoco la Unión Europea puede reclamar una superioridad moral incontestable. Su neocolonialismo económico, su doble discurso en materia de derechos humanos y su dependencia estratégica la mantienen amordazada, incapaz de ir más allá de declaraciones tibias. Tal vez la cuestión de fondo no sea Groenlandia, ni Trump, ni siquiera el Ártico. Tal vez la pregunta sea qué lugar concedemos a la dignidad humana en un mundo gobernado por la fuerza, el interés y la indiferencia. Si la respuesta sigue siendo «muy poco», el problema no es solo de ellos, sino también nuestro.