Editorial

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El trágico accidente ferroviario de Adamuz, en Córdoba, ha vuelto a poner de manifiesto no solo la fragilidad humana ante la desgracia, sino también la fragilidad del ecosistema informativo en el que vivimos. Cuando aún no se han cerrado las investigaciones técnicas ni se han esclarecido las causas definitivas del suceso, la maquinaria de la desinformación se ha activado con una rapidez inquietante. Como ya viene siendo habitual tras episodios de gran impacto emocional, determinados agitadores de extrema derecha han aprovechado la tragedia para difundir narrativas prefabricadas en redes sociales y canales de mensajería. El objetivo no es informar ni buscar la verdad, sino señalar culpables inmediatos, alimentar el enfado social y erosionar la confianza en las instituciones. No es de extrañar que centenares de mensajes en Telegram, nos den una clave: buena parte del odio vertido se dirige contra el ministro de Transportes, Óscar Puente, impulsado principalmente desde los canales vinculados a Alvise. La narrativa es conocida y repetida hasta la saciedad: una supuesta dejación de funciones, un abandono del mantenimiento de las infraestructuras, una acusación grave lanzada sin pruebas y sin respaldo técnico alguno. Conviene decirlo con claridad y sin ambigüedades: no hay, a día de hoy, datos que sustenten esas afirmaciones. Convertir una hipótesis interesada en un hecho consumado es mentir. Y hacerlo instrumentalizando una tragedia es, además, profundamente irresponsable. No todo vale en el debate público. La crítica política es legítima y necesaria, pero debe basarse en hechos contrastados, no en bulos diseñados para viralizarse. Difundir falsedades en momentos de dolor colectivo no solo desinforma, sino que divide, crispa y debilita la cohesión social. También daña la labor de los profesionales que trabajan para esclarecer lo ocurrido con rigor y serenidad. Por eso, desde este diario queremos subrayar la importancia de informarse a través de medios de comunicación fiables, con redacciones profesionales, códigos éticos y compromiso con la veracidad. Frente al ruido de las redes y la intoxicación deliberada, el periodismo sigue siendo un dique esencial contra la mentira.