Editorial

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Las ciudades cambian. Lo hacen sus hábitos, su economía y la manera en que vecinos y visitantes las viven. Tarragona no es una excepción. Sin embargo, en un ámbito clave como los horarios comerciales, seguimos anclados en un modelo que responde más al pasado que a la realidad actual. El tradicional “los domingos, todo cerrado” empieza a chirriar en una ciudad que aspira a ser dinámica, abierta y competitiva. La llegada masiva de cruceristas —más de veinte mil en algunos fines de semana— ha vuelto a poner el tema sobre la mesa. No es una exageración ni una ocurrencia coyuntural. Que la presidenta de la Cambra de Comerç, Laura Roigé, haya alzado la voz ante la imagen de una ciudad con el comercio bajando la persiana cuando recibe miles de visitantes debería invitarnos a una reflexión serena, pero también urgente. En muchas ciudades europeas, abrir los domingos forma parte ya de la normalidad. Librerías, comercios de proximidad o servicios personales funcionan ese día sin que ello haya supuesto un colapso social ni una pérdida de derechos. En Italia, por ejemplo, las peluquerías abren los domingos. No se trata de imponer un modelo único ni de cambiarlo todo de golpe, sino de adaptarse con inteligencia y sensibilidad. Tarragona necesita abordar esta cuestión sin apriorismos. La Cambra hace bien en abrir un melón que no es sencillo, pero que es necesario. Porque conviene decirlo con claridad: las grandes superficies no dudan en abrir cuando la normativa lo permite. Si lo hacen es porque existe demanda. Difícilmente puede sostenerse que sea, per se, una mala idea. El problema es otro: el pequeño comercio no puede asumir este cambio sin políticas que lo acompañen. Hacen falta medidas de dinamización, apoyo económico, flexibilidad laboral y, sobre todo, mecanismos reales de conciliación entre la vida personal y la profesional. No es un camino sencillo. Implica negociar, escuchar a todas las partes y huir de soluciones simplistas. Pero es un debate urgente si no queremos que Tarragona quede descolgada de las dinámicas urbanas y turísticas que ya son una realidad. Adaptarse no significa renunciar a derechos ni a identidad; significa entender el tiempo que vivimos y actuar en consecuencia. Y ese tiempo, hoy, exige abrir el debate sin más demora.