Editorial

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El llamado escándalo de los papeles de Epstein no es solo un episodio más en la larga lista de abusos cometidos por las élites. Es, sobre todo, un espejo incómodo que devuelve a la sociedad una imagen que prefería no ver: la existencia de una red de influencias, silencios y complicidades que permitió durante años la impunidad de delitos gravísimos contra menores. Más allá de los nombres concretos que se investigan o se mencionan, lo verdaderamente devastador es la confirmación de un patrón. Poder político, económico y mediático entrelazado de tal manera que la verdad solo sale a la luz cuando el sistema ya no puede contenerla. No hablamos únicamente de crímenes individuales, sino de un entramado estructural que protegió al agresor y desatendió a las víctimas. Poner al descubierto estas redes es un acto de higiene democrática. Significa reconocer que durante demasiado tiempo se confundió prestigio con impunidad, influencia con intocabilidad. Y ese reconocimiento tiene un coste: la pérdida de legitimidad moral de instituciones y líderes que se presentaban como garantes del orden, la ley y los valores. Aquí aparece un elemento incómodo para muchos sectores progresistas y centristas: por primera vez, una parte del movimiento MAGA —tradicionalmente asociado a la desinformación y al populismo— señala una verdad que no puede despacharse con desprecio automático. La desconfianza hacia las élites no surge de la nada. Cuando los poderosos se protegen entre sí y los crímenes más atroces quedan enterrados bajo acuerdos, silencios o tecnicismos, el discurso antisistema encuentra terreno fértil. Que algunos tengan razón en un punto concreto no convierte su proyecto político en justo ni deseable. Pero ignorar ese acierto puntual sería otro error. La democracia se debilita cuando solo escucha a quien confirma sus propias certezas. El caso Epstein, y todo lo que lo rodea, obliga a una reflexión profunda: sin transparencia real, sin rendición de cuentas efectiva y sin una justicia que no mire apellidos ni fortunas, el contrato social se resquebraja. Y cuando eso ocurre, el vacío lo ocupan la rabia, la sospecha y los extremos.