Ítaca

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En los Países Bajos existe una hermosa tradición: si alguien muere sin familia ni amigos, un funcionario del estado y un poeta asisten al funeral para asegurarse de que el muerto no esté completamente solo. El poeta lee un poema personalizado para honrar la vida del fallecido y el funcionario, representa a la comunidad. Esta iniciativa busca dar dignidad y compañía a los fallecidos en el anonimato, incluso si nadie más puede asistir. No es una mala idea y quizás sería hora de ir copiándola, ya que seguramente, los muertos solitarios irán en aumento en los próximos años. Es interesante cómo se establecen este tipo de protocolos. No debo ser la única que siente pasión por visitar los cementerios y coleccionar inscripciones de lápidas curiosas. Los cementerios, como los mercados, te dan mucha información sobre los lugares que visitas. Uno de los que más me impresionó fue el de Viena. Pero no por sus ilustres moradores (que los hay) sino porque en un rincón hay un pequeño jardín donde se entierran a los muertos sin nombres, las personas que se han suicidado en el Danubio y que nunca han sido reclamadas por nadie. Está encerrado por una valla de madera y curiosamente es uno de los lugares con más flores. Por lo visto, la tradición vienesa dicta que se les lleven los ramos de las novias. Lo cierto es que su eternidad está llena de color.