Ítaca

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Cuando vivía en Vielha y aún no se había construido casi nada en la solana (la vertiente del Valle que recibe el sol, y que se preservaba para los rebaños y no para los hombres), cada tarde el pastor (que era mi vecino) cruzaba la carretera nacional 240 y paraba el tráfico para que él y sus veintena de ovejas regresaran al establo que estaba en el Cap dera Vila. Esta pequeña transhumancia era todo lo que quedaba de una cultura antíquisima. Un derecho de paso que todos los códigos del mundo respetan. Una servidumbre que, en ese caso, obligaba a los ricos esquiadores y a sus cochazos a detenerse y observar el paso regular y lento de un rebaño. Un mundo que se resiste a desaparecer como el que cada año, en la Italia rural, burros y mulas, equipados con sillas de montar especialmente diseñadas, transportan a los corderos recién nacidos por senderos de montaña hasta pastos más bajos, ya que están demasiado débiles para descender por sí solos. La práctica se lleva a cabo a lo largo de antiguas rutas durante varios días e implica guiar de cientos a miles de animales, con la ayuda de burros y mulas, que transportan a los corderos más jóvenes para garantizar su seguridad y resistencia durante el viaje. Los caminos de la trashumancia son las grietas del pasado que se resisten a desaparecer.