Planchar, decía mi madre, es como meditar. Concentrarte en algo y olvidarte del mundo. Planchar, bordar, coser, pintar, podar rosales. Todo condiciones femeninas -en eso que se consideraba femenino- que permitían la abstracción, olvidarse de uno mismo. Entretenerse es eso, olvidarse de la propia condición finita. Por eso, los muy poderosos hacen muchas tonterías para evitar pensar en sí mismos. Planchar es un requisito necesario si se quiere vestir de blanco. Ahora que voy todo el día de negro, pienso en el blanco. Una combinación que me gusta mucho: blanco con blanco (y todas las variantes posibles: crudo con vainilla, beige con marfil, eggshell con hueso, etc). Me gusta para el verano y más aún para el invierno. Para hombres y para mujeres. Con volumen: el blanco ajustado es infecto. Planchado siempre, aunque todo se arrugue al minuto de sentarse; planchar no es una pesadez, es un asunto serio, y lo demuestra esta sociedad infantilizada que no quiere planchar. Pienso en los albornoces gruesos de hoteles buenos, en las pelis de Merchant Ivory como «Una habitación con vistas», en las camisas blancas de Carolyn Bassette. En las sábanas blancas bordadas de ese algodón que se iba adaptando al paso de los años. Ese algodón que tenías que almidonar. Almidonar, eso sí que es una magdalena de Proust.