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La columna de hoy es solo apta para los muy curiosos, o los muy entusiastas de la filosofía. El resto lean a mi colega de abajo. PJ Armengou hoy da unas ideas maravillosas. Los que se queden conmigo nos vamos a inicios del siglo XX en Zúrich. Entre 1909 y 1913 Albert Einstein se sentó en la mesa de Carl G. Jung en más de una ocasión. Jung afirmó posteriormente que esas conversaciones despertaron su obsesión por la relatividad del tiempo y el espacio en la psique, lo que él llamó su condicionalidad psíquica. Años después, esa reflexión de Jung, se entrelaza con el largo diálogo que mantuvo con uno de los padres de la física cuántica, Wolfgang Pauli y la idea de la sincronicidad. En esa misma época el brillante y extraño Ludwig Wittgenstein también compartía ese debate y decía admirar algo más en Einstein. No el mito del genio, sino el método. La forma en que un problema tan famoso como la simultaneidad pasa de ser una pregunta sobre hechos a una pregunta sobre el verdadero significado de nuestras palabras. Respetaba el rigor, aun sin dejar de desconfiar de los ídolos modernos. Tres hombres. Una mesa. Una pregunta. ¿Es la realidad algo que medimos, algo que decimos, o algo que nos visita en la oscuridad y se niega a pedir permiso? ¿Qué es la realidad? ¿Son ustedes reales? ¿Quién se lo asegura? Quizás forman parte del sueño de alguien.