La Mirada

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Que la inteligencia artificial supone un cambio positivo en muchos campos como el científico, sanitario o educativo, eso no lo pone en duda nadie. Las últimas noticias avanzan que la IA se afianza como aliada de los radiólogos para detectar dolencias como un cáncer de mama. Así lo ha declarado el Cancer Center Clínica Universidad de Navarra, que ha puesto en marcha un sistema basado en esta tecnología que asiste a los especialistas en la tarea de descubrir o descartar tumores en las mamografías.

Ahora bien, no todo lo que ofrece la IA es tan maravilloso como parece. En la era de la inteligencia artificial, gran parte de lo que antes dependía de nuestra mente ahora está en manos de los algoritmos: direcciones, fechas, contraseñas, incluso recuerdos. Los dispositivos piensan por nosotros, y nosotros, poco a poco, dejamos de hacerlo. Pero el cerebro, como un músculo, necesita entrenarse. Y cuando lo dejamos inactivo, se debilita. Aquí está el verdadero problema y no es la primera vez que se plantea.

La memoria
a corto plazo
y la concentración, muestran signos de fragilidad

La neuropsicología lleva años alertando sobre este fenómeno. Cada vez que recurrimos al móvil para resolver una duda, o a un asistente virtual para recordar una cita, estamos delegando una tarea cognitiva que antes realizábamos de forma natural. Es lo que los expertos llaman ‘externalización de la memoria’. El cerebro no se apaga, pero se adapta, dicen los especialistas que confirman que si dejamos de usar determinadas rutas neuronales, como las que implican recordar, asociar o memorizar, esas conexiones se debilitan.

El paralelismo con el ejercicio físico es cada vez más evidente. La memoria necesita esfuerzo, repetición, atención y emoción para fortalecerse. Sin embargo, la inteligencia artificial nos ofrece atajos que reducen ese trabajo mental. Aplicaciones que completan frases, sistemas que resumen textos y agendas que anticipan lo que vamos a hacer mañana. Todo cómodo, sí, pero con un precio invisible: la pérdida de autonomía cognitiva.

La clave está en el equilibrio: usar la tecnología para potenciar la mente, no para sustituirla

El impacto no se limita a las generaciones mayores. Entre los jóvenes, acostumbrados a depender de la tecnología desde la infancia, la memoria a corto plazo y la concentración, muestran signos de fragilidad. Estímulos constantes, respuestas inmediatas y dependencia digital están modificando la forma en que el cerebro procesa la información. Estudios recientes del Instituto de Neurociencia Cognitiva de Londres apuntan a que la multitarea digital reduce la densidad sináptica en áreas relacionadas con la atención y el recuerdo. En otras palabras: el cerebro se acostumbra a no profundizar y se convierte cada vez en un músculo más pasivo. A esta realidad se suma un fenómeno más sutil: la ilusión de conocimiento. Sentimos que ‘sabemos’ porque podemos buscar cualquier cosa en segundos, pero ese acceso inmediato no equivale a comprensión. La información ya no se almacena, sino que se consulta. Y cuando el proceso de aprendizaje se limita a la consulta, la huella neuronal se desvanece rápidamente.

La pregunta es, ¿qué podemos hacer ante esta situación? La clave, según los expertos, está en el equilibrio: usar la tecnología para potenciar la mente, no para sustituirla. El reto está en mantener viva la memoria activa, la que requiere esfuerzo y curiosidad. Leer sin distracciones, conversar sin pantallas, memorizar un poema o una canción, aprender un idioma o recordar una historia familiar son actos que fortalecen la mente. Actividades que, igual que una sesión de entrenamiento físico, activan las conexiones neuronales y previenen su deterioro. Porque si el cerebro se vuelve sedentario, la inteligencia artificial no nos hará más sabios, sino más dependientes. La memoria no solo guarda lo que hemos vivido; también sostiene lo que somos.

Dejar que una máquina lo haga por nosotros puede parecer práctico, pero puede acabar borrando algo mucho más valioso: nuestra propia capacidad de recordar. Y eso es algo que no podemos permitir que pase.