La Mirada

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Fue Fray Luís de León quien asoció poéticamente el silencio a la sabiduría. Muy cerca de allí está el monasterio de Santo Domingo de Silos, y allí nos fuimos huyendo del ‘mundanal ruido’ el día tal vez más ruidoso del calendario: el fin de año.

«¿Como definirías el silencio?», me preguntó el padre Bernardo García Pintado. Le contesté que con una función musical, pues la música tiene signos que lo representan. Estaba junto al padre Bernardo, poeta y músico, en la consola del magnífico órgano de la iglesia abacial, y me dio una verdadera clase magistral sobre cómo interpretar los tetragramas gregorianos, que para los lectores de pentagramas constituyen una verdadera criptografía.

En la oración del mediodía del 31 de diciembre, sonó el himno de la Virgen de Montserrat

Se acercaba la oración de mediodía, la hora sexta, y el templo se iba llenando de visitantes que completarían el recorrido con el privilegio de escuchar el famoso coro de monjes que logró popularizar el gregoriano y meterlo en el hit parade. ¡Y me marqué El Virolai! No pude ver la sorpresa que supondría a los catalanes del grupo escuchar el himno de la patrona de Catalunya en el corazón de la provincia de Burgos, y quizá para ellos fue algo mágico pues tampoco veían de dónde emergía aquel sonido, con la única perspectiva visual de los tubos. El padre Bernardo, benedictino como los monjes de Montserrat, me dijo que toca El Virolai cada 27 de abril.

Me he conmovido muchas veces con el padre Bernardo y por fortuna lo que la distancia dificulta lo soluciona la lectura de sus poemas, en la mejor tradición de una literatura monástica que allí al lado –en este caso al Noreste, en San Millán—escribió por primera vez en castellano. Cito unos versos recogidos en el poemario El río del misterio, reflejo de su reflexión constante sobre el silencio y la música, con fondo teológico: «Un huerto con flores/ de canto y silencio/ acotó en Castilla/ el rey Recaredo./ Cultivan las rosas/ sayales de negro./ Bordan miniaturas, /tejen terciopelos/ de belleza en piedra,/ en piel de becerro./ Son los monjes/ que vuelan/ dentro del misterio».

Gerardo Diego
y Rafael Alberti escribieron
sobre la abadía castellana

Le conté al padre Bernardo un episodio que desconocía. Él puso una música bellísima al bellísimo poema de Rafael Alberti dedicado a la Virgen de Marzo del claustro, que escribió durante su estancia en el monasterio en 1924 y que tuve la suerte de tocar acompañando la voz del padre Bernardo en una de mis visitas, hace tantos años. «¡Tan bonito como está,/ Madre, el jardín, tan bonito!/ ¡Déjame bajar a él!/ ¿Para qué?/ ¡Para dar un paseíto!/ Y, mientras, sin ti, ¿qué haré?/ Baja tú a los ventanales;/ Dos blancas malvas reales/ En tu seno prenderé./¡Déjame bajar, que quiero,/ Madre, ser tu jardinero!». Silos también encandiló a Gerardo Diego, compañero de Alberti en la Generación del 27, que hizo proféticamente viral su ciprés antes que los virus infectaran la informática: «Enhiesto surtidor se sombra y sueño/ que acongojas el cielo con tu lanza…».

Poco después de aquel momento casi místico en el órgano de Silos, con el padre Bernardo siempre a mi lado, se lo conté a Alberti en su casa de Madrid y se emocionó; resulta que él, sobre el papel ateo, también escribió un Triduo del alba dedicado a la Virgen del Carmen, en su libro Marinero en tierra. Adoraba las vírgenes de su «tierra de María Santísima» y aquella Virgen castellana del siglo XIII. Supongo que la bendición y la indulgencia que le concedieron los monjes le arregló el pasaporte al paraíso.

El primer día del año fuimos a la catedral de Burgos, una de las más espectaculares de su universo arquitectónico. Al pie del cimborio linterna de cincuenta y cuatro metros de altura, miras hacia arriba, ves las estrellas en las cristaleras y entiendes aquella frase cargada de lírica del Padrenuestro: «así en la tierra como en el cielo». En la cúspide, la tierra y el cielo se encuentran, como la física y la metafísica.

Sí, fue un fin de año especial y el calendario que ese día dice tonterías y grita más que canta, perdió la batalla ante el imbatible reto del gregoriano y de la eternidad.