Prismàtics

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Que tire la primera piedra el que no utilizara, años ha, alguna de las estrellas de la piratería en las primeras décadas de los 2000: eMule, Ares, The Pirate Bay, Pordede, Seriesyonkis... No hace mucho, parecía que las grandes plataformas por suscripción –como Netflix, Kindle o Spotify– habían conseguido aniquilar a esos adalides de las descargas ilegales. De hecho, según datos recientes de la encuesta de hábitos culturales del Ministerio de Cultura, los catalanes optan cada vez más por este tipo de servicios: en tres años, el porcentaje que tiene suscripciones a plataformas digitales de streaming ha pasado del 58% al 78%. Cuatro puntos por encima de la media española. Pagan, sobre todo, para ver películas y series (70%), pero también para escuchar música (46%).

Sin embargo, datos del mismo Ministerio de Cultura correspondientes al 2024, pero publicados el pasado mes de septiembre, indican que la piratería no ha ido a la baja. Todo lo contrario: aumenta. Tras una década de descenso en el consumo ilícito de contenidos –películas, series, videojuegos, música, libros, prensa...–, las descargas ilegales han crecido un 9%, respecto al año anterior. La principal razón, según el 64% de los encuestados, es «evitar pagar un contenido que luego posiblemente no me guste». Otro motivo, según más de la mitad de los entrevistados, es que «los contenidos originales son muy caros».

¿Qué nos dicen todos estos datos? Pues que la sola existencia de plataformas de pago legales no basta para evitar la piratería –en el ámbito del fútbol, por ejemplo, webs como TarjetaRoja han seguido siendo fuertes pese a existir retransmisiones gratuitas y de pago–, sino que estas deben seguir ganándose la confianza de los consumidores. Por un lado, con precios atractivos –lo contrario a lo que está empezando a suceder– y, luego, afianzando usuarios con la calidad de sus contenidos.