En las horas posteriores al terrible accidente ferroviario de Adamuz, en Córdoba, que ya se ha cobrado la vida de cuarenta personas, dio comienzo la sempiterna retahíla de culpables. El Gobierno central, Renfe, Adif, el ministro Óscar Puente, las compañías ferroviarias privadas, la falta de inversión... Desde ayer, y con más claridad en los próximos días, se empezarán a conocer los resultados de las investigaciones e informes técnicos que desvelarán qué sucedió exactamente la noche del domingo, pero son muchos los que se han adelantado y pontifican sin rubor sobre la culpabilidad de su diana política de preferencia.
Según la teoría de la atribución de Heider y Weiner, el ser humano tiene la necesidad imperiosa de encontrar causas a todo lo que sucede. Y, si se trata de un evento negativo o un fracaso, tendemos a atribuir la culpa de esa situación a personas y circunstancias, con el objetivo de reducir la incertidumbre. Por su parte, el profesor en psicología social, Melvin Lerner, decía que las personas tendemos a creer que «el mundo es justo», así que cuando ocurre una desgracia, si no hay un culpable claro, lo creamos. O incluso culpamos a la víctima. Desde la neurociencia, se apunta que el cerebro necesita buscar culpables para reducir a corto plazo la activación emocional que genera un evento traumático y que encontrar un chivo expiatorio nos da una mayor sensación de control y alivia el estrés. Socialmente, incluso, enemigo claro aporta una cohesión momentánea, muy útil en momentos de crisis.
El tiempo y el esfuerzo de los investigadores dirán qué causó el accidente. O quizá haya elementos que queden para siempre en el misterio. Sea como sea, es posible que para muchos sea insuficiente. Y es normal. Abrazar la dura realidad que el mal existe, que suceden desgracias, y que no siempre estamos a salvo, es aterrador.