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El lema del veterano periódico norteamericano Washington Post es, desde 2017, «la democracia muere en la oscuridad». Toda una declaración de intenciones que apareció en la cabecera del rotativo cuando este ya era propiedad del milmillonario Jeff Bezos. Dicen que la idea fue del propio fundador de Amazon, que aseguró habérsela oído al reportero del Post Bob Woodward, famoso por haber destapado el caso Watergate. Por aquel entonces, Bezos se presentaba como el garante de una nueva «época dorada» para un periódico con graves problemas económicos, y prometía inversiones y libertad para el Post como medio para alcanzarla. Mucho ha llovido desde entonces y, paradójicamente, es el mismo Bezos quien está «matando» ahora al Post. Y, quizá, también a la misma democracia.

En los últimos días, el Post ha anunciado que prescindirá de 300 periodistas, reducirá la sección de internacional —ya ha despedido a reporteros en plena zona de guerra— y eliminará la sección de deportes y las críticas de libros. El objetivo es reducir las pérdidas del diario, que se estiman en unos 170 millones de dólares en los últimos dos años. Estas se han dado, en gran parte, porque más de 250.000 lectores han cancelado sus suscripciones desde que Bezos adquirió el Post. Sus intromisiones en la línea editorial del diario han alejado a su público tradicional: el magnate hace tiempo que muestra una pleitesía impúdica a Trump para proteger sus otros negocios. Incluso invirtiendo recientemente 75 millones de dólares en el documental a gloria y honra de la mujer del presidente, Melania. Lo curioso es que las medidas que propone la empresa no detendrán la hemorragia de lectores ni la pérdida de credibilidad. La ahondarán. Con todo, quizá el único punto positivo de todo esto sea confirmar el poder que tienen los lectores: es su falta de confianza la que ha minado la economía del Post. Sin lectores —ni periodistas—, un periódico no es nada.