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Carros de fuego

La inestabilidad que estamos viviendo es solo una escuela de calor. Los problemas de suministros, la crisis energética y una inflación no conocida desde que se creó la moneda única, no presagian buenos augurios

| Actualizado a 06 julio 2022 09:42
Juan Ballester
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Escritor y editor afincado en Tarragona, autor de obras como ‘El efecto Starlux’ y, más recientemente, ‘Ese otro que hay en ti’. Impulsor del premio literario Vuela la cometa.

Hay artículos que se te pasan por la cabeza de la manera más tonta y este me ha venido tomando un helado para sofocar un calor africano, b’ajo un sol de justicia. Estaba leyendo la historia de dos amigos sudaneses, negros como el chocolate del cucurucho, quienes hace tres años emprendieron un largo viaje por el continente olvidado que finalizó el pasado día 24 de junio.

Los dos veinteañeros, huérfanos de Dorfur, una región en la que se ha producido un genocidio desde que tenían cuatro años, ya eran amigos del alma cuando comenzaron juntos su periplo hacia Europa que los había unido como siameses. Uno de los amigos, Sami, tenía cabeza de león y a Amir se le quedó la de cordero durante un naufragio.

Cruzaron el desierto por Niger y Chad y alcanzaron Libia desde donde intentaron cruzar el Mediterráneo por la ruta más peligrosa de cuantas existen. Tras tres intentos frustrados recibieron un primer aliento al saber que los policías marroquís habían abierto la frontera con España; atravesaron Argelia y finalmente llegaron a Nador (Marruecos).

Y desde que en el mes de febrero vieron cómo España abría los brazos a los ciento cincuenta mil ucranianos que pedían asilo, habían soñado que las cinco vallas de diez metros, solo serían un trozo de metal que no podría detener sus ansias de volar.

El día de la verbena, mientras aquí algunos celebrábamos la mágica noche con tintes africanos, ellos se prepararon con otros dos mil subsaharianos para saltar las vallas de Melilla.

Desde el 28 de febrero con la invasión de Ucrania, el flanco oriental de Europa, se han producido grandes cambios en la geopolítica mundial que están afectando gravemente a la economía. La partida se juega entre China y Estados Unidos y las bofetadas se las está llevando Europa que repite sus errores. La reciente cumbre de la OTAN celebrada en Madrid ha dejado de considerar a Rusia un socio estratégico para convertirlo en nuestro peor enemigo.

Como muchos otros países-puerta, Libia o Turquía, España ha participado activamente en este nuevo tablero, no solo escenificando en el Museo del Prado la cumbre decenal de la organización militar sino alcanzando unos acuerdos con Marruecos en marzo, que van de gas y migración, y también de marihuana y de la integridad territorial de Ceuta y Melilla.

Ha conseguido a base de traicionar al pueblo saharaui y a los argelinos, que la policía marroquí proteja con contundencia las dos primeras vallas. Sánchez ha aparecido como el protector del flanco sur.

La inestabilidad que estamos viviendo es solo una escuela de calor. Todos los problemas de suministros, la crisis energética y una inflación no conocida desde que se creó la moneda única y fuera del control del Banco Central europeo (cuya misión es controlarla), no presagian buenos augurios.

Por estas fechas se habla de un otoño caliente pero lo que viene es un invierno gélido que va a dejar a las familias empobrecidas y afectará a las necesidades básicas en los más desfavorecidos. La luz, la calefacción, el combustible y la cesta alimentaria se van a poner por las nubes. Todos, también los empresarios, deben estar preparados.

En esta nueva guerra fría solo hay una buena noticia y es que si Rusia corta el grifo del gas como se espera serán los europeos del Norte quienes van a saltar la valla e intentar alcanzar el desierto hacia Sudán.

Una leyenda contaba que el gobierno de Reino Unido mandaba a los presos a Salou porque les salía más barato y es probable que los alemanes nos manden a los pensionistas a hibernar. La presidenta de sus agencias de viaje ha declarado que es mejor viajar contra Putín que congelarse por su culpa.

Estos dos amigos africanos unidos por el sueño inquebrantable de la libertad, han sido despegados. El intento acabó con 37 muertos, 150 heridos, maniatados, hacinados en el suelo, golpeados, pateados, gaseados, apedreados, perseguidos, linchados salvajemente y asesinados a sangre fría con desprecio a las más elementales disposiciones del derecho internacional.

Sobre el pecho de Amir flores carmesí brotaban sin cesar mientras animaba con su último aliento a Sami, vamos Sami, que ha conseguido completar la carrera de vallas sin parar de llorar. Sus carros de fuego son un efecto colateral de la invasión de Ucrania, del presidente Sánchez, el sucesor de Zapatero, el de la Alianza de las civilizaciones.

De quien llegó a la Moncloa recibiendo con honores al buque Aquarius, en Valencia, con seiscientos inmigrantes que siguen sin papeles y ha tildado la acción de ataque a la integridad territorial a España de una manera violenta.

Es de justicia caminar sin cesar detrás de la verdad y que el viento de la libertad recoja este lamento. Las autoridades argelinas han declarado que quedará como una marca grabada al rojo vivo en la conciencia de quienes lo perpetraron y de quienes los apoyan en el otro lado del estrecho, en alusión al Gobierno español.

Esto no va de democracia contra autocracia, sino de una vergonzosa violación de derechos humanos de la que Pedro Sánchez, mientras en la cumbre se vanagloriaba de su papel de cancerbero, ha sido cómplice felicitando a los matones. Igual que a Aznar el castellano con acento tejano, toda su vida le perseguirá la frase: El asunto ha quedado bien resuelto.

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