Espacio
Un reusense 'se cuela' en los vuelos de la NASA: la historia de Huc Pentinat
Huc Pentinat es un reusense que trabaja codo con codo con astronautas en proyectos financiados por la NASA desde un laboratorio de la Texas A&M University.
Huc, a la izquierda, atado por las piernas durante un vuelo parabólico para evitar flotar y poder realizar las pruebas correspondientes al astronauta.
Desde pequeño, Huc Pentinat miraba el cielo con curiosidad. No soñaba necesariamente con convertirse en astronauta, pero el espacio siempre le despertó preguntas. Hoy, aquel niño de Reus trabaja en proyectos financiados por la NASA desde un laboratorio de la Texas A&M University, investigando cómo afecta la microgravedad al cuerpo humano y cómo se puede proteger la salud de los astronautas en misiones espaciales de larga duración.
Nacido en Reus, Pentinat estudió en la Escola Montsant y posteriormente en el Institut Domènech i Montaner. A la hora de elegir estudios universitarios, ingresó en el CFIS, un programa de alta exigencia académica para estudiantes con capacidades avanzadas. Allí cursó simultáneamente Matemáticas e Ingeniería en Tecnologías Industriales, en un itinerario de cinco años que culmina con un trabajo final de grado en el extranjero.
Fue precisamente en ese último año cuando apareció la oportunidad que le cambiaría el rumbo. Entre las plazas disponibles, había una en la Texas A&M University, en un ámbito que le era completamente nuevo: Bioastronautics and Human Performance, es decir, bioastronáutica y rendimiento humano. «Pensé: ¿qué es esto?», recuerda. La respuesta lo cautivó: estudiar qué les ocurre a los astronautas cuando viven en el espacio.
El cuerpo humano sin gravedad
En el espacio, la gravedad desaparece y, con ella, muchas de las referencias físicas a las que el cuerpo humano está acostumbrado. Uno de los grandes problemas es la redistribución de los fluidos corporales. En la Tierra, la gravedad hace que aproximadamente el 70 % de la sangre se concentre en las piernas cuando estamos de pie. En microgravedad, esto no ocurre: los fluidos se desplazan hacia el tronco superior y la cabeza.
«Después de meses en el espacio, el corazón se acostumbra a trabajar con menos esfuerzo», explica Pentinat. El problema llega cuando los astronautas regresan a la Tierra: el sistema cardiovascular no está preparado para bombear sangre contra la gravedad, lo que provoca mareos, desmayos y otras complicaciones.
Su investigación se centra en encontrar maneras de mitigar estos efectos. Una de las soluciones más prometedoras es una máquina llamada Lower Body Negative Pressure (presión negativa en las extremidades inferiores), que funciona como una especie de saco que envuelve las piernas y crea un efecto de succión. Esto obliga a la sangre a descender hacia las extremidades inferiores y simula parcialmente los efectos de la gravedad terrestre.
Experimentos en gravedad cero
Enviar experimentos al espacio es extremadamente caro y complejo, por lo que es necesario justificar muy bien cada paso. Por eso, el laboratorio en el que trabaja Pentinat utiliza una herramienta clave: los vuelos parabólicos. Se trata de aviones que describen trayectorias en forma de parábola y permiten generar intervalos de 22 segundos de gravedad cero.
Durante estos vuelos, el equipo introduce la máquina de presión negativa y toma medidas en tiempo real del flujo sanguíneo, la presión y el estado de la vena yugular de los participantes. «Es la única manera que tenemos en la Tierra de simular la microgravedad», explica. Cada campaña requiere múltiples vuelos y decenas de participantes, lo que convierte el proyecto en una investigación lenta pero pionera.
Pentinat no solo analiza datos: también participa activamente en estos vuelos. «Es una sensación única», dice. En estos entrenamientos también coinciden con astronautas, que aprovechan los vuelos para practicar movimientos en microgravedad. Verlos “nadar” dentro del avión o ser recolocados rápidamente antes de que regrese la gravedad forma parte del día a día de un entorno tan fascinante como exigente.
Una investigación que puede salvar vidas
El interés por este tipo de estudios se ha intensificado a raíz de un descubrimiento preocupante: en 2019 se detectó por primera vez un trombo en la vena yugular de un astronauta en la Estación Espacial Internacional. La hipótesis principal es que la redistribución de los fluidos en microgravedad fue la causa. «Un trombo yugular puede ser mortal», advierte Pentinat. Por ello, encontrar sistemas que reduzcan la acumulación de sangre en la cabeza es ahora una prioridad para la NASA.
Huc Pentinat es un reusense que estudió en la Escola Montsant y en el Institut Domènech i Montaner.
Aunque la investigación está enfocada en los astronautas, los beneficios pueden llegar mucho más lejos. «Muchos tratamientos que hoy se utilizan en la Tierra, como algunos para la osteoporosis, se han desarrollado a partir de estudios con astronautas», explica. El espacio se convierte así en un laboratorio extremo que ayuda a comprender mejor el cuerpo humano.
Mirando hacia el futuro
Actualmente, Pentinat cursa un máster en Texas y no oculta su voluntad de continuar con un doctorado, aunque el futuro dependerá de la financiación. «Este tipo de proyectos requieren años y muchos recursos», señala. A pesar de la incertidumbre, tiene claro que quiere seguir este camino.
«No sé hasta dónde llegaré», admite, «pero me gustaría hacer cosas que ayuden a la gente, ya sean astronautas o personas en la Tierra». Para él, trabajar con el espacio no es solo una cuestión de ciencia, sino también de servicio público. Detrás de cada misión espacial hay miles de profesionales anónimos resolviendo problemas invisibles, pero cruciales.
Desde Reus hasta Texas, pasando por vuelos en gravedad cero y proyectos de la NASA, la trayectoria de Huc Pentinat demuestra que la investigación espacial no es solo cosa de astronautas. También es el trabajo de científicos que, con los pies en la Tierra, trabajan para que la humanidad pueda llegar más lejos que nunca.