El sufrimiento que no se ve también tiene nombre: depresión
El martes 13 de diciembre se celebró el Día Mundial de la Depresión. Veamos cómo entenderla... Y acompañarla
La depresión no es pasajera, como la tristeza. La depresión tiene fundamentos neurobiológicos.
A veces, sonreir también cansa. «Estás triste, anímate», «debe ser una mala racha. Paciencia, ya se pasará». No, no se pasa. Y no, uno no se anima... Porque no, no es tristeza: Es depresión, uno de los trastornos mentales más comunes en el mundo que, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), afecta alrededor de un 5% de la población. Sin medias tintas: La depresión es una de las principales causas de discapacidad a nivel mundial. No es cuestión de fuerza de voluntad ni de ‘animarse’. Es una enfermedad que altera la química del cerebro y que afecta de manera profunda la forma en que una persona piensa, siente y se relaciona con el mundo.
A diferencia de la tristeza, una emoción pasajera impulsada por circunstancias externas, la depresión tiene fundamentos neurobiológicos. Investigaciones señalan que desequilibrios en neurotransmisores están asociados con la aparición de síntomas depresivos. Entre estos neurotransmisores están la serotonina, la dopamina y la noradrenalina, moléculas relacionadas con el estado de ánimo, la motivación y la energía.
El Dr. Ignacio Basurte, director médico de Clínica López Ibor, lamenta que «la depresión sigue confundiéndose con debilidad, falta de voluntad o simples malas rachas. Se minimizan síntomas como el deterioro cognitivo o la apatía, que no siempre encajan en la imagen clásica de tristeza. Además, persiste una infravaloración del riesgo suicida y del impacto funcional real que la depresión tiene en la vida personal, familiar y laboral de quienes la padecen». En este sentido, las personas que padecen depresión pueden desarrollar sentimientos de culpa o desesperanza, incluso pensamientos suicidas en casos graves y vinculados a cuadros depresivos no tratados.
El límite más extremo
El Trastorno Depresivo Mayor se diagnostica cuando, durante al menos dos semanas, se mantiene un estado de ánimo deprimido o una pérdida clara de interés o placer, acompañado de síntomas como alteraciones del sueño o del apetito, fatiga, dificultades cognitivas, sentimientos de culpa o ideas de muerte. En este sentido, Basurte subraya que estas, «son señales que requieren una valoración profesional inmediata».
Llegar a este extremo es llegar al límite y con él hay que tener en cuenta la depresión resistente, uno de los principales desafíos en salud mental y que se manifiesta cuando el paciente no responde adecuadamente a al menos dos tratamientos antidepresivos bien indicados y correctamente administrados.
Asi las cosas, si algo está claro es que la depresión no es una debilidad ni una tristeza pasajera: es una enfermedad que altera la manera en que sentimos, pensamos y nos relacionamos, y requiere comprensión, acompañamiento y tratamiento. Pero no todo está perdido: la recuperación es posible. Existen profesionales capacitados, terapias efectivas y redes de apoyo que pueden ayudar a atravesar la oscuridad. Hablar del tema, escuchar sin juzgar y buscar ayuda son actos de valentía que pueden cambiar la vida.
Ignacio Basurte lo tiene claro, no hay nada perdido: «La falta de mejoría no es un fracaso personal, sino una señal clínica que invita a replantear el abordaje. Hoy existen más herramientas, más conocimiento y más alternativas que nunca para tratar la depresión, incluso en sus formas más complejas. Pedir ayuda no significa rendirse, sino dar el paso necesario para acceder a un tratamiento mejor ajustado y recuperar la posibilidad de una vida con mayor bienestar y sentido».