Tarragona

Emergencia climática

Los expertos apuestan por expropiar y demoler en zonas concretas para mitigar daños de las riadas

Investigadores de Eurecat o de la URV creen que medidas tan drásticas como destruir no son la primera opción pero sí pueden ser necesarias en algunos enclaves específicos

Todo ha quedado destrozado tras las lluvias.joan revillas

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El debate ha surgido estos días tras la borrasca Alice, que ha vuelto a provocar inundaciones en el Ebre. ¿Es necesario demoler infraestructuras, viviendas incluidas, para mitigar los efectos de las riadas, generando con ello desplazamientos de vecinos? 

«Cualquier fenómeno extremo puede provocar refugiados climáticos. Quizás la sequía es el principal, por ser de más larga duración, pero si la gente tiene que marcharse porque cada año se inunda su casa tendremos que hablar de refugiados climáticos», indica Joan Ramon Coll, investigador de la Unitat Tecnològica de Solucions Climàtiques i Serveis Ecosistèmics de Eurecat. Coll apuesta por «adaptarnos a los nuevos escenarios y, si detectamos que una infraestructura no está en el lugar adecuado, planificar para reubicarla».

Para Coll, «demoler son palabras gruesas, igual podemos optar por más medidas de protección, adecuar mejor el cauce del barranco, limpiarlo mejor, hacerlo más amplio».

Otras voces están de acuerdo con la posibilidad de derribos. «Habrá lugares en los que se tendrá que deconstruir, por un tema de salvar vidas y también económico», describe Sergi Saladié, profesor del Departament de Geografia de la URV y experto en planificación y ordenación territorial. El docente indica que «si haces números, sale más caro reconstruir, así que hay que apostar por un principio de precaución y allí donde sea necesario deconstruir los pasos naturales del agua».

«Hay que deconstruir allí donde sea necesario», explica Sergi Saladié, profesor de la URV

Para Saladié, «la memoria es selectiva. Al cabo de muchos años de urbanizar, ahora la recurrencia de los fenómenos ha provocado que se hayan inundado lugares incluso por primera vez». Saladié cree que los derribos son «acciones puntuales, en la línea de lo que se hace con la deconstrucción de algunos paseos marítimos, que es mejor desmontarlos si cada dos o años tienes que estar gastando dinero en ellos».

Carles Ibáñez, director de la Línia de Canvi Climàtic d’Eurecat y del Centre en Resiliència Climàtica, con sede en Amposta, cree que «si queremos minimizar daños tendría que hacerse un trabajo de auditoría hidrológica de todo el territorio, teniendo en cuenta sobre todo la red hidrológica secundaria». A partir de ahí, propone «recuperar algunos espacios y modificarlos para que no sean un obstáculo y que el agua tenga espacio para evacuar». Ibáñez habla de «adaptaciones de infraestructuras» como caminos o edificios.

Visión conjunta de territorio

El experto piensa que «en casos concretos puede salir más a cuenta la demolición, pero es importante tener una visión de conjunto del territorio». No solo la planificación urbanística más cercana a la costa en poblaciones como Alcanar genera problemas en caso de lluvias intensas. «Se ha ocupado el territorio con actividad agrícola o urbanizaciones sin respetar el camino del agua, especialmente en las redes secundarias hidrológicas. Cuando cae una cantidad de lluvia tan grande, el agua busca sus caminos», dice Ibáñez.

Varios factores han contribuido a la virulencia del último episodio, la borrasca Alice. Una orografía compleja, con la sierra del Montsià, de 700 metros de altura, que ejerce de palanca para las tormentas, y a seis kilómetros de un litoral con un urbanismo caótico, con viviendas levantadas en zonas inundables. A eso se añaden las pendientes pronunciadas de la misma sierra o de la paralela de Godall, que en caso de lluvias intensas insuflan velocidad al agua.

«Técnicamente no ha sido una dana –tercia Coll– sino lluvias típicas de otoño, pero en forma de aguacero. El mar se calienta, la atmósfera tiene más capacidad de retener el agua. Hay un flujo de viento de levante que empuja estas tormentas hacia las sierras del Montsià y de Els Ports, y allí quedan retenidas durante horas». El investigador destaca la importancia de este efecto orográfico de las montañas, muy próximas al mar, «algo que no ocurre más al norte».

Saladié indica que «también sucede con las montañas de Tivissa, que estancan las precipitaciones». «El relieve es el que tenemos y no lo cambiaremos. Antes había un temporal cada 60 años, ahora es mucho más común. Si además hay pendientes, el agua baja con mucha más virulencia», apunta el profesor de la URV.

Todo ello queda agravado por la evidencia del cambio climático. El calentamiento intensifica el ciclo del agua: más evaporación, más energía en la atmósfera y más riesgo de tormentas súbitas e intensas. Es el caldo de cultivo para los destrozos de Alice, el cuarto temporal en ocho años en Terres de l’Ebre, una vez más vapuleado como una de las zonas más vulnerables al cambio climático.