Zoraida Burgos, la Voz del Ebre
Amaba las palabras, que cuidaba con mimo desde la Tortosa que la vio nacer. Desde la ‘periferia’ alzó su voz con discreción y sensibilidad
Zoraida Burgos en un acto de la Universitat Rovira i Virgili en 2019
«Zoraida Burgos escribía de una manera tranquila, inteligente, modesta, con palabras de la calle y otras más cultas, pero de una forma muy cercana, de modo que leías uno de sus poemas y, al terminarlo, te daban ganas de volverlo a leer». Zoraida Burgos, la poeta del Ebre, la voz de la «periferia», como ella acostumbraba a decir, moría el 4 de enero, nada más arrancar 2026, con 92 años. Su biógrafa, la cantautora y activista social, Montse Castellà habla de ella con amor y con dolor, con la pena de la pérdida. Compartieron muchos instantes hasta tejer la biografía Zoraida Burgos i Matheu (Onada Edicions) y después, con un vínculo indisoluble.
Zoraida nació en el mismo lugar que la vería morir, en Tortosa, en 1933, durante la Segunda república. Fue escritora y bibliotecaria. También grafóloga, pintora y restauradora de arte. «Tenía muchas pasiones. Se sacó el título de perito calígrafo judicial y le encantaba. Entonces, analizaba la letra, las firmas de los pintores, porque le gustaba mucho viajar y ver pinturas. Era una mujer con muchas inquietudes culturales, muy inteligente, muy sensible, muy humana y a la vez, muy discreta», cuenta Castellà.
Su discreción conecta con la de María Moliner, otra de las grandes mujeres de las letras nacida treinta años antes, ambas bibliotecarias, con muchos paralelismo. Ambas discretas, tanto, que sus figuras quedaron veladas tras sus obras. «Seguramente esa discreción de Zoraida Burgos y esa timidez hicieron que no se diera tanto a conocer. Entre que ella no se prodigaba y que nació en el sur de Catalunya, pues digamos que no se le dio todo el reconocimiento que habría debido tener. Sí que al final de su vida le entregaron la Creu de Sant Jordi», comenta su biógrafa. Zoraida, poco amiga de entrevistas y de fotografías, poco amiga de los focos, cedió un trocito de su corazón a Castellà, más allá del trabajo biográfico. «Éramos buenas amigas. Su biografía fue muy bonita porque no fue un trabajo de encerrarme en el despacho, empezar a escribir y ya está, sino que –como digo en la contraportada del libro— hicimos una partitura a cuatro manos, pero con dos pianos. Yo escribía y luego se lo enseñaba; paseábamos por su huerto, después íbamos a tomar un café; otro día, a ver una exposición, hablábamos, yo enchufaba la grabadora; paseábamos, la llevaba en la furgoneta de aquí para allá; quedábamos con Jesús Massip, que también falleció, desayunábamos los tres y pasábamos toda la mañana charlando, yo los escuchaba», dice la cantautora. «Una biografía a fuego lento, durante seis años de encuentros con la que forjamos una gran amistad. Y después de escribirla, evidentemente, mantuvimos mucho el contacto porque las relaciones de amistad que no cuelgas en las redes no significa que no existan», defiende.
La cantautora Montse Castellà trabajó con ella en su biografía
Desde los arrozales, ese paisaje que tan bien supo pintar con las palabras, sus poemas atrapan la belleza y hablan de contradicción e identidad, de las contradicciones de toda vida. «Amaba la lengua, las palabras. Para la edad que tenía, no había publicado una obra muy extensa porque decidió cuidar los libros. Pasaba mucho tiempo hasta que daba el visto bueno definitivo, pero casi todos las que publicó recibieron algún premio», resalta Castellà. Escribió poesía, sobre todo y narrativa, L’obsessió de les dunes, con la que ganó el Pin i Soler de Tarragona, así como literatura infantil y juvenil. Su último libro, Convivència d’aigües, que reúne toda su poesía, publicado en 2017 por LaBreu, le valió el Premio de la Crítica catalana en 2018.
Bibliotecaria
Una de sus facetas más importantes fue la de bibliotecaria, en una época de oscuridad como la posguerra. En sus inicios, en Ulldecona y Amposta, y como directora, más tarde, en Tortosa. «A pesar de que escribí su biografía, Zoraida no quería hablar de su vida privada, pero es sabido que tiene dos hijos y que tuvo un marido. Ella era de izquierdas, evidentemente, pero de una manera discreta. Su marido era abogado laboralista, por lo que ayudó a diversas personas. Zoraida era «culta, humanista, en aquella época de oscuridad en la que a las mujeres se las relegaba a un papel más oscuro y secundario, salió adelante en un mundo de la cultura difícil, en un momento de posguerra todavía complicado y todavía más si eras mujer». Castellà destaca su pasión por los idiomas, que dominaba con facilidad. «Leía y traducía tranquilamente alemán, italiano, francés e inglés y le encantaba. En su última etapa, cuando ya tenía unos 80 años más o menos, se puso a estudiar árabe porque le gustaba la caligrafía». Mientras «trabajábamos en la biografía me decía que las palabras le molestaban. Quería hacer versos breves, el máximo de cosas posibles con el mínimo de palabras, ser muy concisa y no hablar por hablar».
En una casa cerca de Bítem plantaba algarrobos y pinos, en una finca que acababa en el río Ebre. «Cómo pasa el tiempo», decía: «Cuando veo los árboles que he plantado, me doy cuenta de que me estoy haciendo mayor». Y le gustaban mucho las flores, las magnolias y, especialmente, el jazmín. «El mismo jazmín que tenía justo arriba de las escaleritas de acceso al altillo, el estudio donde vivía durante los veranos, y por el que pasaba la mano para que desprendiera su olor» antes de entrar en el estudio donde también pasaron muchas horas entre pinturas, té y obras de arte a restaurar.