Fiscalidad
¿Por qué los jóvenes de hoy son pobres?
No se puede construir futuro si asfixiamos a quienes deberían construirlo. Hace apenas medio siglo una sola nómina bastaba para mantener una familia, comprar una vivienda, tener hijos y ahorrar. Hoy, una vez que el Estado ha tomado su parte, lo que queda no alcanza.
Los asalariados en España son hoy unos de los principales sostenedores del Estado del bienestar. Pero tras impuestos, cotizaciones y el coste de la vida, a los jóvenes no les queda lo suficiente para formar un hogar propio. No se trata de falta de ambición ni de que ganen poco en términos nominales.
El problema está en el desequilibrio creciente entre lo que cuesta contratar a un trabajador y lo que realmente llega a su bolsillo para vivir. Hoy, el Estado se queda con una porción cada vez más grande de esa diferencia.
Tomemos un ejemplo realista: un joven con un salario bruto mensual de 2.000 euros le cuesta a su empresa unos 2.700 euros, debido a las cotizaciones sociales patronales (30,4%). De esos 2.700 euros de coste total, el trabajador acaba recibiendo aproximadamente 1.600 euros netos, tras descontar IRPF y su propia cotización.
Es decir, más del 40% del coste de su trabajo lo absorbe el Estado antes de que vea un solo euro.
Pero la merma no termina ahí. Con esos 1.600 euros en la mano, el trabajador debe hacer frente a gastos básicos: alquiler, energía, transporte, alimentación... y en cada una de esas compras paga un 21% de IVA (o un 10%, o un 4%, dependiendo del producto). Esto significa que, en realidad, su poder adquisitivo real está más cerca de los 1.350 euros, una vez considerados los impuestos al consumo.
Así, del coste total de su empleo (2.700 euros), apenas el 50% termina convertido en consumo real o ahorro. El resto lo absorben impuestos directos, cotizaciones e impuestos indirectos. Hace 50 años, la situación era radicalmente distinta. Las cotizaciones sociales eran mucho más bajas, el IRPF apenas afectaba a las rentas medias, y el IVA -introducido en España en 1986- no existía.
Además, la vivienda era mucho más accesible: el precio medio de un piso equivalía a tres o cuatro años de salario. Hoy, en ciudades como Madrid o Barcelona, supera los ocho años de sueldo bruto.
Y lo más importante: con un solo salario se podía vivir y criar hijos. Hoy, incluso con dos ingresos, muchas parejas jóvenes no se atreven a formar una familia. No porque no trabajen, sino porque buena parte de lo que generan se redistribuye para sostener un modelo estatal que ha crecido sin freno.
Las pensiones suponen ya más del 13% del PIB. El gasto público ha pasado del 18% en 1970 al 43% actual. Todo ello financiado por los que están en activo, entre ellos los más jóvenes. En otras palabras: contribuir a pagar jubilados, parados y funcionarios sumado al coste de mantener una familia resulta excesivo para muchos.
Esto no significa estar en contra del Estado del bienestar. Al contrario: significa reconocer que si queremos preservarlo, debe adaptarse a la nueva realidad. Un modelo fiscal que se apoya excesivamente sobre los trabajadores jóvenes acaba por expulsarlos del proyecto común. Sin vivienda, sin hijos, sin ahorro, no hay generación futura que lo sostenga.
La justicia intergeneracional exige un nuevo pacto. Uno que alivie la carga fiscal sobre quienes están empezando, y que permita a los jóvenes no solo sobrevivir, sino vivir.