Economía

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Se podría pensar que el emprendimiento es como un juego de azar: se levanta capital riesgo, se corre tras un crecimiento acelerado y se sueña en convertirse en el próximo unicornio. Pero, en el modelo tradicional, para la mayoría de fundadores/emprendedores este camino se parece mucho a un casino donde ellos son las fichas.

El inversor juega una ficha, el emprendedor se juega su futuro. Ronda tras ronda de inversión, se intercambia control por capital, se firman pactos de socios cada vez más restrictivos y la participación de los fundadores se diluye cada vez más. Si la startup pierde su brillo, los inversores abandonan el barco, dejando que se hunda con su equipo.

El bootstrapping ofrece una alternativa muy distinta. El bootstrapper construye con recursos limitados, centrándose en generar ingresos reales y mantener los gastos bajo control. En lugar de perseguir inversores, persigue clientes. El crecimiento puede ser más lento, pero es constante, sostenible y -lo más importante - bajo el control de los fundadores.

Así, empresas como Freshly Cosmetics, en el sector de la cosmética natural, han logrado escalar sin depender de rondas millonarias. Lo mismo ocurre con NeedCarHelp, Dormideo, Beself Brands o con Movertis en movilidad: todas han demostrado que se puede crecer con clientes, no con capital especulativo. La idea del bootstrapping está cogiendo fuerza con nuevos adeptos como Honestly, LocalBoss y Redactalo.io.

Desde la perspectiva personal, el bootstrapping evita al emprendedor la montaña rusa emocional de depender de las decisiones de los inversores, Mantiene una mayor parte de la empresa y conserva su visión. Su éxito depende menos del estado de ánimo del capital riesgo y más de su capacidad de servir al mercado. Esto aporta confianza y resiliencia, cualidades que benefician tanto al negocio como a la comunidad. Antes del auge del capital riesgo, todo el mundo emprendía con recursos propios.

Para la economía local, el impacto es aún mayor. Las empresas que crecen de forma orgánica suelen contratar talento local, reinvertir beneficios en su entorno y mantener una estabilidad a largo plazo. No están sometidas a la presión de un inversor que quiere recuperar su dinero ni de ser adquiridas por multinacionales; se enfocan en crear valor sostenible allí donde nacen. En lugar de canalizar la riqueza hacia inversores internacionales, los negocios bootstrapped hacen que el dinero circule en la región, fortaleciendo el ecosistema emprendedor.

Para un inversor local sin suficientes recursos para invertir en decenas de startups, apostar por estas empresas es menos arriesgado porque por naturaleza al emprendedor que se autofinancia se le aplica la máxima «el que la sigue la consigue».

Al final, bootstrapping no significa pensar en pequeño, sino pensar a largo plazo. Quizás no produzca unicornios de la noche a la mañana, pero construye compañías sólidas. Para los fundadores que quieren control, los clientes que buscan confianza y las comunidades que necesitan crecimiento sostenible no es la segunda opción: es la más inteligente.

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