Innovación
Yonkis de plástico
Nos reiteran que es malo, pero seguimos enganchados a él. Aseguran que afecta a nuestra salud, pero lo esparcimos por el entorno como quien alimenta a las palomas. Los plásticos, ese 5% del petróleo que extraemos y que se queda entre nosotros después de su vida útil; ese 5% al que culpamos del daño al medio ambiente. Sacrílegos por no esfumarse como lo hace el otro 95% que quemamos en el transporte o en la calefacción.
Como sociedad urbana, estamos sincronizados con su consumo y cada vez necesitamos una dosis más alta para seguir mejorando nuestra calidad de vida. Simplemente, no podemos dejar de consumirlos.
Hoy miro desde la barrera el ruedo que un día pisé. Se ve distinto, descolorido, falto de embrujo y atracción. Durante seis décadas desarrollamos polímeros (plásticos para los amigos) para reemplazar madera, fibras textiles y metales, y democratizar el acceso a objetos inalcanzables cuando se elaboraban exclusivamente con materias naturales.
Cualquier innovación modifica patrones sociales y toda modificación conlleva deberes
Diseñamos soluciones para mejorar el día a día y popularizamos su uso para hacer la vida más fácil y longeva gracias a mejoras higiénicas incuestionables: las jeringuillas desechables de plástico para las vacunas aportaron mayor seguridad clínica que las de cristal; el cuidado íntimo de bebés, mujeres y ancianos debía ser más cómodo, higiénico y seguro… y se hizo de plástico de un solo uso.
La producción agrícola necesitaba intensificarse para alimentar a una población creciente y lo hizo bajo invernaderos de plástico. Los automóviles debían abaratarse y reducir su peso, y se rediseñaron con plásticos. Tampoco habrían existido los teléfonos móviles, las consolas de videojuegos, los ordenadores ni la electrónica de consumo. Adiós a la comodidad de las fibras textiles elásticas para deporte y moda, o a volar por el espacio. La lista es interminable.
Como sociedad acomodada -perdón, apoltronada- exigimos sin compensar, demandamos por vicio y opinamos ex cathedra desconociendo los orígenes de carencias pretéritas. Culpamos a las guerras de la falta de diálogo entre contendientes mientras seguimos produciendo armas; al hambre en el mundo de una supuesta escasez alimentaria mientras desperdiciamos el 30% de la comida que producimos.
En este ambiente mental resulta normal culpar a las cosas del deficiente comportamiento de las personas. Así, las bolsas de PE nacen en el mar, las botellas de PET eclosionan en la arena tras una macrofiesta, y nuestros barrancos y canales de desagüe se llenan de una fauna inmortal y exótica de polímeros multicolores que preservan, en realidad, nuestra pereza a reciclar correctamente. Status quo aeternum.
La sociedad nunca es una espectadora de la innovación; es partícipe activa de la transformación y, por tanto, adquiere responsabilidades que debe incorporar a su modus vivendi. Cualquier innovación modifica patrones sociales, y toda modificación conlleva deberes.
Quizá la instrucción social sea la asignatura pendiente de la innovación. Los innovadores se concentran en perseguir sus sueños y en alcanzar las eurekas de la ciencia, pero a menudo desdeñan la comunicación. Del mismo modo que los prospectos de los medicamentos indican dosis y posibles efectos secundarios, cada innovación debería activar voces sociales que educaran sobre las consecuencias masivas de su uso, haciendo aflorar las obligaciones colectivas asociadas a esa tecnología.
Para innovar y mejorar se necesita una actitud social positiva hacia lo que queremos conseguir, no comportarnos como plañideras de sepelio cuando los porcentajes de reciclado no responden a campañas de concienciación basadas en la exculpación social. El reciclaje no es un acto heroico ni una opción ideológica: es una responsabilidad básica de convivencia. Separar correctamente los residuos, reducir el consumo y exigir sistemas eficaces de conversión es parte del contrato social en una sociedad madura.
El plástico no es el enemigo. Nuestra dejación sí. El material seguirá ahí porque nos sigue siendo útil, eficiente y, en muchos casos, insustituible. La diferencia la marcará tratarlo como residuo sin dueño o como recurso compartido. La obligatoriedad no es una imposición externa: es consecuencia lógica de vivir en comunidad.
El día que dejemos de respirar dejaremos de odiar al plástico; pero hasta que llegue ese último aliento, nos seguirá ayudando a vivir mejor. La pregunta no es si podemos prescindir de él, sino si estamos dispuestos a comportarnos a la altura de la sociedad que dice querer un futuro mejor.