¿Qué nos jugamos?

Cuando despedimos a los difuntos se les dice no te olvidaremos, pero a este cadáver, cada vez que alguien quiere enterrarlo, nos acordamos de que sigue coleando. La semana pasada, la Plataforma Aturem Hard Rock ha publicado un manifiesto para detener la construcción del complejo de ocio y juego del mismo nombre, y se han adherido medio centenar de personalidades, entre ellas diputados del gobierno promotor.

Y coincide estos días con la campaña PERO del ministro de Consumo, Alberto Garzón, para concienciar a los jóvenes de los peligros del tema que pasamos a tratar. «Los problemas con el juego siempre empiezan con un pero».

Nuestra generación, en vez de la manzana, mordió las cerezas de las tragaperras que hoy proliferan en las casas de apuestas de barrios humildes. Luego llegaron los casinos, con su glamour. Entonces la ley les obligaba a instalarse fuera de las ciudades y en lugares monumentales para que jugarte el dinero te impusiera respeto. Y abrían de noche para que acudir fuera un acto premeditado asociado a salir de fiesta.

Hasta ahí no parecía grave, pero la Bolsa son palabras mayores. Hace años, para dar órdenes de compra o venta debías hacerlo a través de un banco o agencia que te asesoraba, pero cualquiera puede hacer trading comprando y vendiendo a muy corto plazo.

Hoy no hace falta salir de casa a echar la quiniela para hacer apuestas deportivas y puedes jugar en el casino online la porra del mundial. La trayectoria del juego es esa, cada vez más accesible, menos social y más incentivado para engancharte.

En los meses previos al crack de 1929, Joe Kennedy, el padre del presidente, dijo que cuando el taxista o el limpiabotas dan consejos de inversión es el momento de salir, y esto está pasando con la más dura de todas las drogas, el salvaje oeste de las criptomonedas.

Ya se veía venir la debacle cuando empezaron a promocionarlas grandes estrellas como Matt Damon o Gwyneth Paltrow. A colocar en los aeropuertos máquinas para adquirirlas o viendo a los chavales almacenar pequeñas fracciones de bitcoins en faucets, juegos y airdrops. Al igual que te regalan bonos para registrarse en los casinos virtuales o te invitaban a copas en los de verdad.

Este juego de los activos digitales viene rodeado de culto y lo difunden profetas. Se imparten cursos de inversión y organizan grandes convenciones que reúnen a muchos miles de feligreses digitales menores de veinticinco años. No había pasado nada igual desde la multipropiedad, solo que la parcelita está en el metaverso.

Inculcan la idea de que en el nuevo mundo no hay que ponerse el mono para ganarse la vida, y terminan arruinando a sus fracasados padres después de lo que han trabajado. Es un universo sin reglas y deberían temer a dios porque el 10 de noviembre FTX ha hecho bancarrota evaporando cuarenta mil millones de dólares. Y hace justo un año, el bitcoin cotizaba a 61 USD y esta mañana había dado la vuelta a menos de 16 en miles de euros.

Si a un niño le preguntas en qué mano está el regalo, se le dilatan las pupilas, ‘La vida es juego, juégalo’, dijo Teresa de Calcuta. Sus beneficios son innumerables para su formación, dan rienda suelta a su curiosidad y restan dramatismo al fracaso. Nuestro abuelo era muy jugador y con mis hermanos apostábamos a los chinos, las chapas o con las etiquetas de La vaca que ríe.

De adultos el juego es saludable contra las emociones negativas y nos permite descubrir un mundo más allá de nosotros mismos. La costumbre permanece y ha llegado al extremo de apostar contra mí mismo cosas significativas a habilidades estúpidas, como escupir el chicle y patearlo con la izquierda logrando encestarlo en una jardinera. Hay que ser ludópata de la vida hasta la adicción.

En el póker más sofisticado no existe una jugada ganadora infalible y a la escalera real de color le gana la mínima que pierde con las demás. Sí hay reglas, no se debe jugar cuando se tiene seguridad en el resultado, no es elegante ganar por goleada ni debe apostarse a favor de algo que no deseas. Se trata de vivir de una forma lúdica dejando a salvo las dos o tres cosas trascendentes que no deberíamos fiar a la suerte.

Respecto a Pero, España es el país de Europa con mayor porcentaje de ludópatas menores de veinte años que no van a sanar incentivándolos a jugar al Monopoly porque necesitan un exorcismo. Alabado sea el bitcoin, dejad que los niños se acerquen a mí.

Respecto de Hard Rock abogamos, como el sector turístico y empresarial, por su desarrollo. No pensamos que, visto lo visto, fuera un nido de ludópatas. Más bien lo imaginamos como un polo de atracción turística al estilo Las Vegas, en chiquito, en donde los crupieres van disfrazados de trovadores para parecer idiotas mientras te sacan los cuartos.

Tampoco creemos que contamine lumínicamente el Camp de Tarragona colocar una guitarra violeta de 35 pisos entre las montañas rusas de los parques temáticos y las chimeneas del complejo petroquímico. Se alzaría unos 90 metros, por debajo de los 112 de Ferrari Land y los 130 de la BASF. Y no sabemos si usted, querido lector, apostaría conmigo a si lo verán nuestros ojos.

Escritor y editor afincado en Tarragona, autor de obras como ‘El efecto Starlux’ y, más recientemente, ‘Ese otro que hay en ti’. Impulsor del premio literario Vuela la cometa.

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