Groenlandia, ¿ciudad de libertad?
Groenlandia se ha convertido en uno de los objetivos de Trump y motivo de rearme en Dinamarca con el apoyo de la OTAN y aliados. Pero ¿por qué Trump la quiere? La isla es un lugar clave en la ruta Atlántica, pero además dispone de tierras raras, claves para la nueva economía. La estrategia es aún más profunda porque cada kilómetro de hielo que retrocede se traduce en rutas marítimas, permisos mineros, megavatios disponibles y, en última instancia, influencia, y eso la podría convertir en una ciudad de libertad.
El concepto ciudad de libertad es un nombre acuñado por Trump durante su campaña en donde propuso la creación de diez ciudades de libertad en territorio estadounidense. El concepto era nuevas ciudades en tierras federales, con la idea de impulsar la reindustrialización tecnológica con «colmenas de industria» para depender menos de las importaciones chinas, entre otras cosas.
Las ciudades de libertad se basan en el concepto de charter city o ciudades autónomas. La idea es crear una ciudad nueva, o más bien una jurisdicción nueva, con un estatuto propio, reglas distintas y, en algunas versiones, un «garante externo» (un país o institución con reputación de buen gobierno) que ayude a asegurar el estado de derecho, tribunales funcionales y estabilidad regulatoria, en el caso de Groenlandia serían los Estados Unidos y no Dinamarca.
En el mejor de los casos, una ciudad autónoma es un laboratorio de instituciones: transparencia, seguridad jurídica, servicios eficientes, urbanismo planificado, innovación… y oportunidades para la gente que decide vivir allí. El Charter Cities Institute (Instituto de ciudades autónomas) lo formula como «nuevas ciudades con nueva gobernanza», con capacidad local para reformar políticas y desbloquear el desarrollo.
Pero hay un «pequeño» detalle: ¿quién escribe ese estatuto? Porque el mismo mecanismo que puede acelerar la prosperidad puede también fabricar una excepción permanente a la democracia, un carril rápido para intereses privados o externos. La experiencia más citada en el debate contemporáneo es Próspera, en Honduras, una ZEDE (Zona de Empleo y Desarrollo Económico) que prometía un ecosistema de reglas propias para atraer inversión y que fue derogado. Una formula menos radical, aunque que no sería una ciudad autónoma sería Shenzhen diseñada como una Zona Económica Especial (SEZ) creada por el gobierno chino con políticas y autonomía económica ampliada.
En el caso de Groenlandia, la isla tiene autogobierno, identidad, agenda propia y, a la vez, una dependencia histórica de Dinamarca. Y de pronto, inversión y atracción internacional: fondos inversores daneses que anuncian su intención por entrar en energía y minerales críticos; licencias mineras de largo plazo como la del grafito (clave para baterías) con respaldo europeo; y un tablero geopolítico donde Estados Unidos busca el Ártico no solo por defensa, sino como apoyo de las cadenas de suministro tecnológicas. Aquí encaja el riesgo de ser una «ciudad de libertad» sin declararlo: cuando un territorio empieza a adaptarse a las necesidades de terceros, minería, puertos, cables, centros de datos, y sus reglas se afinan para «ser competitivos», la pregunta deja de ser si hay desarrollo, y pasa a ser quién captura el valor, quién asume el coste ambiental y quién tiene la última palabra. El frío, además, se ha vuelto un argumento de infraestructura: enfriar servidores es caro; enfriar servidores con clima y energía relativamente limpia es muy atractivo. Por eso se habla de Groenlandia como posible frontera para infraestructura de IA y centros de datos, atada a minerales críticos y a potencia eléctrica.
Desde Tarragona, puerto e industria, entendemos bien cómo una ruta redefine economías y dependencias. Groenlandia puede ser una ciudad de libertad si usa este interés global para reforzar soberanía: reglas claras, consentimiento social, beneficios locales, protección ambiental y transparencia radical. Pero puede convertirse en «paraíso tecnológico» si acaba siendo un territorio optimizado para el rendimiento ajeno: extracción aquí, computación aquí, dividendos fuera. Las ciudades autónomas prometen futuro cuando amplían opciones para la ciudadanía, pero se vuelven un problema cuando convierten la ciudadanía en una cláusula. Y Groenlandia, con su hielo menguante y su peso creciente, podría llegar a ser una ciudad de libertad.