Un año después del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, Estados Unidos aparece ante el mundo como un país tensionado por dentro y errático hacia fuera. En el frente interno, la política migratoria se ha convertido en el eje de una confrontación abierta entre el Gobierno federal y amplios sectores de la sociedad civil. La intensificación de las redadas y el protagonismo del ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas) han generado un clima de miedo en comunidades enteras y una oleada de protestas. Minneapolis —símbolo desde 2020 de la lucha contra la violencia policial— vuelve a situarse en el centro del debate nacional. En ese contexto surgen comparaciones históricas extremas —como la asimilación del ICE con la Gestapo— que, aun siendo discutibles y conceptualmente imprecisas, revelan el grado de alarma de parte de la ciudadanía. No se trata de equiparar realidades históricas, sino de advertir sobre una deriva: cuando el Estado se percibe como fuerza hostil y no como garante de derechos, la confianza democrática se erosiona.
El primer año de Trump tras su regreso a la Casa Blanca no ha traído claridad ni sosiego. El mundo es hoy un lugar más incierto que nunca
La convulsión interna tiene su reflejo en la escena internacional. Trump ha reactivado una visión del mundo basada en esferas de influencia, presión económica y cálculo estratégico inmediato.A todo ello se suma una política comercial que apuesta por los aranceles y el proteccionismo como instrumentos de presión. En materia energética, el giro es nítido. El impulso a los combustibles fósiles y la relajación de regulaciones ambientales suponen un regreso a un modelo que ignora la urgencia climática y coloca a EEUU a contracorriente de la transición energética. Puede generar beneficios a corto plazo para determinados sectores, pero hipoteca el futuro y debilita el liderazgo tecnológico en energías limpias. El balance de este primer año no es el de un país fortalecido, sino el de una democracia sometida a estrés continuo. La pregunta ya no es solo qué rumbo tomará la superpotencia, sino qué costes —internos y externos— está dispuesta a asumir. Desde Europa, y también desde Catalunya, conviene observar con atención y espíritu crítico. Lo que sucede en EEUU no es un fenómeno aislado: influye en la estabilidad global, en la economía y en la defensa de valores democráticos compartidos.