Hay sucesos que, por una serie de circunstancias que los hacen especialmente trágicos, tienen la capacidad de sumir a la población en una profunda conmoción.
Es el caso del asesinato de Silvia López, esa mujer vizcaína asentada en la población cántabra de Castro Urdiales, que murió presuntamente a manos de sus hijos, dos hermanos de nacionalidad rusa a los que adoptó juntos para no separarles.
El dolor y la incredulidad de sus vecinos y compañeros de trabajo se entremezclan con la consternación general de unos ciudadanos que asisten atónitos a la completa destrucción de una familia en una noche trágica. Los testimonios de quienes conocían a la víctima hablan de su trabajo como celadora en el hospital de Cruces y su labor de catequista, actividades ambas que revelan una vocación de servicio a los demás.
Resulta imposible ponerse en el lugar de esa abuela a la que los adolescentes habrían telefoneado nada más cometer el crimen y que se encontró con una escena terrible.
Y difícilmente se puede imaginar la devastación del marido de la víctima y padre adoptivo de los dos menores a los que se considera sospechosos del apuñalamiento mortal de la madre, del que el hombre se enteró mientras trabajaba en el turno de noche.
Las investigaciones policiales y judiciales determinarán las circunstancias de un crimen que deja roto en pedazos un hogar del que no existían denuncias por violencia o indicios conocidos de problemas.
Tampoco en el ámbito escolar de los dos chicos: el de 13 años, inimputable y ahora en un centro de protección, y el de 15, para el que la Fiscalía solicita seis meses de internamiento en régimen cerrado, a la espera del juicio. Se desconoce de forma oficial qué pudo haber causado semejante tragedia –se habla de una fuerte discusión–, pero, en todo caso, cabe una reflexión sobre la necesidad de enseñar a los jóvenes a enfrentarse a la frustración e inculcarles que la violencia no puede ser en ningún caso un método de solución de los problemas.