La reunión que vimos esta semana en la Casa Blanca entre el presidente Donald Trump y la líder opositora venezolana y Nobel de la Paz, María Corina Machado, fue un ejercicio de realismo político que interesaba a las dos partes del encuentro.
Es evidente la polarización que genera Venezuela en el debate público, particularmente –y sorprendentemente, o no…– en España. He leído con sorpresa comentarios de ‘expertos’ que han intentado explicar el encuentro en términos peyorativos, humillantes o ninguneantes para la Nobel de la Paz. Explican que si entró por tal puerta al recinto presidencial, que si no hubo foto, que si no estuvo en la Sala Oval... argumentos peregrinos que nacen de la trinchera ideológica de quien los formula, sin advertir que el mismo encuentro, per se, es todo un reconocimiento (sin mencionar que sí hubo foto, sí estuvieron ambos en la Sala Oval, almorzaron juntos, la reunión se alargó casi una hora más de lo previsto y al encuentro se unieron altos funcionarios como el vicepresidente J.D. Vance, el secretario de Estado, Marco Rubio, o la poderosa jefa de Gabinete de Trump, Susie Wiles). Sí fue un encuentro importante que, como digo, ambos querían y necesitaban.
Para María Corina, el encuentro con Trump fue una oportunidad para reivindicar su liderazgo en Venezuela. Ella es, sin duda, la líder de un movimiento que ha ilusionado a miles de ciudadanos como la figura que plantó cara a un régimen ilegítimo, brutal, corrupto e inhumano; que ha sido perseguida, asediada, amenazada, asaltada y cuyo entorno político ha sufrido las consecuencias de esa valentía; que, a pesar de haber sido inhabilitada injustamente, supo promover un candidato –Edmundo González– para concurrir a unas elecciones en circunstancias dificilísimas, humillando al régimen y demostrando que las ganaron. Sí, María Corina Machado reivindicó su liderazgo frente a Trump en ese encuentro como interlocutora a la que el presidente ha marginado ahora en sus planes para Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro. Ahí entra en juego la dedicatoria del Premio Nobel de Machado a Trump en esa reunión. Para agradecerle lo que considera una liberación del sátrapa de Maduro recurriendo a la polémica vía militar (María Corina Machado siempre ha sostenido que, como declaró a la BBC en 2019, «solo la amenaza inminente y severa del uso de la fuerza sacará a Maduro del poder», como así ha sido).
Pero Trump también tiene interés y necesita a María Corina, aunque no ahora. No la necesita ahora porque es evidente también que María Corina Machado no controla el país, ni el territorio, ni la logística, ni es garantía de que no haya violencia, y todo eso –en la fase en que nos encontramos–, pesa más que la legitimidad, los votos o el apoyo popular.
El secretario de Estado, Marco Rubio, resumió recientemente las tres fases de los planes estadounidenses para Venezuela. El primero está en curso: el control del caos. Una vez descabezado el régimen, Estados Unidos negocia con quien tiene las armas, con los que pueden desatar violencia y los que saben dónde están los problemas. Aquí entra Delcy Rodríguez, la vicepresidenta de Maduro y hoy presidenta encargada; no por gusto sino por necesidad. En la segunda fase, la del reacomodo del poder, comenzarían a entrar en lugares de decisión civiles, técnicos, actores necesarios para la reconstrucción del país que sean ‘aceptables’ para las dos partes. En esta fase, Edmundo González y otros podrían tener un rol. ¿Y dónde queda María Corina? En la tercera fase, la de legitimación. Es el último estadio del proceso de transición donde deberán organizarse y garantizarse elecciones libres. María Corina Machado es parte de la narrativa democrática de esa fase.
Machado no está fuera del tablero. No es la carta para esta jugada, pero es una carta valiosa y necesaria para las siguientes. María Corina hoy no es parte directa de las conversaciones con el régimen, pero lo fue esta semana, al más alto nivel, con quien las mantiene. Su rol será el de legitimadora y posiblemente la figura que capitalice políticamente el futuro que vendrá para Venezuela, muy a pesar, seguramente, de los ‘expertos’ acomodados en su trinchera ideológica.