Opinión

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Hay una frase que se ha convertido en el estribillo de nuestra época: “Si es gratis, el producto eres tú.” En sanidad pública, durante décadas, creímos haber encontrado la excepción ética a la regla. Porque aquí el “producto” no era nadie: era un derecho. Y los datos, nuestros datos, eran, como mucho, el subproducto inevitable de cuidarnos y que algunos cedíamos para estudios clínicos con la intención de buscar tratamientos, incrementar el conocimiento y avanzar en la cura de enfermedades. Un rastro clínico para que el sistema no empezara de cero cada vez que cruzábamos una puerta e incrementar nuestro propio bienestar. Hoy en día, hay una escena que se repite cada vez con más frecuencia: alguien sale de la consulta con dudas, abre el móvil y teclea síntomas como quien lanza una botella al mar. Antes era “Doctor Google”. Ahora es “Doctor GPT” con un producto que lanzó OpenAI hace unos días ChatGPT Salud para que le enviemos nuestra historia médica y podamos hacer consultas. El salto no es menor: ya no hablamos de un buscador que te devuelve enlaces, sino de una conversación que te entiende, te resume, te tranquiliza…como si fuera un médico que no es.

La pregunta, sin embargo, no es si lo usaremos. Lo usaremos. La pregunta es qué estamos pagando por esa comodidad. Y, sobre todo, con qué. Porque en sanidad el precio real rara vez se mide en euros. Se mide en confianza. En intimidad. En la relación humana, la confianza y la sabiduría que pone nuestros médicos.

Aquí, en casa, el historial clínico compartido existe por un motivo sensato: que no tengas que empezar de cero cada vez que pasas del CAP al hospital, del especialista a urgencias, de Tarragona a Barcelona. Que tu historia viaje contigo para que te atiendan mejor. Y eso, bien usado, es progreso. El problema empieza cuando el concepto “compartido” deja de significar “para curarte” y empieza a significar “para entrenar”. Porque entrenar inteligencia artificial con datos clínicos suena, a primera vista, a buena idea: diagnósticos más rápidos, menos errores, tratamientos más personalizados, mejor diagnóstico, más prevención. ¿Quién puede estar en contra de eso? Pues cualquiera que haya entendido la letra pequeña del siglo XXI: el dato que entregamos a plataformas privadas no se queda quieto. El dato se copia, se cruza, se monetiza. Y lo íntimo, no vuelve a ser tuyo cuando lo entregamos sin pensar. Y aquí aparece la sensación desagradable, casi física, de estar viviendo un doble pago. Primero, pagamos con impuestos un sistema público que genera información de altísimo valor: años de visitas, pruebas, informes, medicación, evolución y que usan con mucho cuidado y que ahora vamos a regalar a empresas privadas para entrenar sus modelos.

Luego, esa información, transformada, empaquetada, “anonimizada”, se convierte en combustible para un producto. Y, finalmente, nos lo venden: al propio sistema, a clínicas, a aseguradoras, a empresas. Es como si te pidieran poner el coche, la gasolina y el tiempo… para después cobrarte el peaje. Tantas trabas y problemas durante años con la interoperabilidad de los datos y la historia clínica única o para traspasar datos entre el sistema publico y el privado y ahora los enviaremos a alguna de estas empresas sin ningún tipo de filtro ni saber para qué ni en que realmente nos va a beneficiar por el momento. Esto se llama disrupción.

La pregunta clave no es tecnológica, es ética: ¿quién decide el destino de mis datos cuando yo solo quería que me curaran? ¿Dónde está el consentimiento real, informado, comprensible? ¿Dónde está la opción de decir “no” sin penalizaciones, sin laberintos, sin sentirte culpable por frenar el progreso?

Porque el progreso no puede apoyarse en una trampa emocional: “si te opones, estás contra la innovación”. No. Se puede estar a favor de la investigación y en contra del expolio. Se puede querer IA en sanidad y exigir condiciones: transparencia, control público, auditorías, límites claros, retorno social. Se puede innovar sin convertir la intimidad en una mina.

“Doctor GPT” puede ser un aliado magnífico para profesionales y pacientes. Pero no debería formarse de acuerdo a unos principios y no de nuestra vulnerabilidad ni convertirse en un negocio construido con lo más delicado que tenemos: nuestra historia clínica, que es también nuestra biografía.

Si el futuro de la medicina pasa por los datos, el futuro de la confianza pasa por una frase muy simple: mis datos, mi salud, mis reglas. Y eso no es romanticismo. Es la base del sistema. Sin ella, no hay algoritmo que nos cure.

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