Una vez más: NO a la guerra

Tenemos en cartelera la posi-bilidad de una guerra. Esta vez el motivo es la situación en la frontera rusa, con Ucra-nia. Hace siete años, en esa zona, Crimea decidió en refe-réndum adherirse a Rusia. EEUU y Europa cuestionaron la legalidad del procedimien-to y la zona ya se convirtió en un foco de tensión
 

| Actualizado a 22 enero 2022 19:07
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Como si la pandemia de la Covid-19 no fuera suficiente tragedia para la humanidad, comenzamos el nuevo año con el «ruido» de una creciente amenaza para la paz entre las naciones. Los telediarios ya olvidaron al volcán y a las víctimas; también quedó desplazado el «sube y baja» de las cifras de contagiados y las contradicciones sobre lo que tenemos que hacer para evitar la Covid. Ahora en cartelera, la posibilidad de una guerra. Esta vez el motivo es la situación en la frontera rusa, con Ucrania. Hace siete años, en esa zona, Crimea decidió en referéndum adherirse a Rusia. EEUU y Europa cuestionaron la legalidad del procedimiento y la zona se convirtió en un foco de tensión. El pasado diciembre, Estados Unidos dijo creer que Rusia preparaba una «invasión» del vecino territorio de Ucrania. Y a comienzos de año fracasó una reunión en Ginebra entre la OTAN y Rusia. A partir de entonces, Putin dispuso una movilización militar «para defender sus fronteras» en la región. Y la OTAN a movilizar fuerzas propias. Eso fue el punto de partida para una escalada de declaraciones. Y como ocurre en este tipo de conflictos, la tensión fue en aumento, porque tanto Rusia como la OTAN –cada una con sus argumentos- comenzaron su despliegue militar. Súbitamente nos encontramos con una situación similar a la que vivimos tantas veces con la llamada «guerra fría».

Queda claro que en este caso la disputa no tiene tintes «ideológicos», sino que es la vieja historia de luchas por el control geopolítico de territorios, mercados e influencias que ha provocado tantas tragedias a la Humanidad. Sin embargo, la Unión Soviética no existe más. Se disolvió en 1991, y ese mismo año, también se extinguió el llamado Tratado de Cooperación de los países de la Europa del Este, más conocido como Pacto de Varsovia. Pero en cambio, la OTAN mantiene su estructura militar, abarcando países europeos, entre ellos España. («La OTAN de entrada NO», decían Felipe González y el PSOE en 1982 …pero hace años que entramos y parece que tampoco quieren que salgamos… ). Sin embargo, la «guerra fría» terminó hace 40 años y muchas cosas han cambiado desde entonces. Rusia es ahora una autocracia ejercida por Putin donde no existen derechos ni libertades. Y Europa tiene países donde sus gobiernos se han alejado de las formas y criterios democráticos y han abandonado principios fundacionales de la postguerra. Las decisiones estratégicas se toman en el Consejo Europeo, por los jefes de gobierno, haciendo irrelevante la tarea de su Parlamento. Hace años que se plantea la necesidad de democratizar su estructura para legitimar sus decisiones, cada vez más influidas por poderes económicos, corporaciones bancarias, y multinacionales. Es tiempo de recuperar aquel legado de postguerra que generó la Declaración de los Derechos Humanos de 1948 -hoy manifiestamente incumplida- como reclamaba uno de sus firmantes Stéphane Hessel. En su manifiesto póstumo, Indignaos nos decía en el 2013: «la inercia cómplice de la Unión Europea pusilánime va contra nuestros intereses a largo plazo y contra la paz a medio plazo». Y añadía: «Los bancos, privatizados, se preocupan en primer lugar de sus dividendos y de los altísimos sueldos de sus dirigentes, pero no del interés general. Nunca había sido tan importante la distancia entre los más pobres y los más ricos, ni tan alentada la competitividad y la carrera por el dinero». Tenía razón, y su razón le sobrevive. Ejemplos: el abandono de los migrantes en el Mediterráneo, los cierres de fronteras, la desigualdad creciente, la impunidad de las empresas eléctricas, los ministros de economía «premiados» con cargos europeos de sueldos millonarios como Luis de Guindos, que cuando se marchó de España nos pedía «sacrificios» a los ciudadanos… y así podríamos llenar páginas.

Otro ejemplo nos lo dio hace unas horas Pablo Casado (PP). Opositor tenaz a las reformas laborales a favor de los trabajadores, aunque tengan el apoyo de los empresarios. Opositor a todas las medidas que signifiquen derechos sociales o igualdad. En este caso, afirma que «apoya decididamente al gobierno en esta medida». Ha cambiado su guión permanente. ¿Por algo que mejorará la vida de los españoles? Evidentemente no. Es consecuente con estas guerras, como su antecesor Aznar con la invasión a Irak por armas de destrucción masiva que nunca existieron. Actúan con dependencia de los intereses de Estados Unidos, no de sus pueblos.

Europa podría jugar un papel mediador, porque tiene sus propias razones, incluso estratégicas. Por ejemplo, el gaseoducto ruso-alemán Nord Stream 2, que tiene la oposición de EEUU, pero conviene a los alemanes. Emmanuel Macron, en nombre de Francia ha dicho que «es vital que Europa tenga su propio diálogo con Rusia». Pero las decisiones las tomará el mentado Consejo Europeo que no suele coincidir con lo que quieren sus pueblos. Razones nos sobran como ciudadanos para decir una vez más NO a la GUERRA. Estados Unidos y Rusia son dos potencias en declive, con gran potencial bélico y economías debilitadas, y otra emergente -China- a la que se le suponen pretensiones hegemónicas. Son «sus» guerras, no las de los pueblos. «El mundo desestabilizado en el que vivimos desde la crisis mundial – desestabilizado por los grandes aprovechados de la economía financiarizada mundial- es un mundo detestable. Hay que transformarlo lo más rápidamente posible en otro donde la justicia, la igualdad para todos, la libertad para todos, puedan encontrar sus cimientos». La frase no es mía, también nos la dejó ese entrañable abuelo Stéphane Hessel.

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